Gustavo Tovar-Arroyo: ¡Cuidado! Puede ser peor…

Entre aliento y desaliento

Sé que escribir desde la distancia, no penando los innumerables sufrimientos que tú soportas viviendo en Venezuela, pudiere resultar improcedente o ajeno, pero te aseguro que no lo es, los que vivimos en el destierro por razones estrictamente políticas no pasamos un solo día de nuestras vidas sin pensar, sentir o sufrir a nuestro modo al país. Ni uno. Leemos, desenterramos cada noticia, escribimos, mentamos madres y tragamos amargo cada vez que nos llega información de la última calamidad que tú padeces. 

Llevamos a Venezuela y a ti en cada aliento, aunque también en cada desaliento. 

La guarida histórica del crimen

La tragedia venezolana –ya lo hemos dicho– tiene su origen en el comunismo, el socialismo (soviético, cubano o del siglo XXI) y también en la socialdemocracia, aunque en menor medida. El marxismo es una guarida histórica de criminales, es el refugio perfecto de la inmoralidad. Cuando el sátrapa Hugo Chávez salió del closet (del ideológico, del personal salió posteriormente cuando nos legó a su predilecto Maduro) y confirmó su aventura marxista los que habíamos leído dos páginas de historia –como tú y yo– sabíamos cuál era nuestro seguro destino: el apocalipsis. Sabíamos de la dictadura que se avecinaba y también sabíamos del colapso nacional. Era obvio.

Lo que nadie imaginó fue un hundimiento tan hondo y extremo.

La historia de la decadencia

Aunque sabíamos que el comunismo y el socialismo han procurado hambre, enfermedad y desolación en todos los países en los cuales se han instaurado, no imaginamos jamás que Venezuela se quedaría –por ejemplo– sin gasolina, sin agua, sin electricidad, sin medicinas, sin alimentos, sin hospitales, sin nada. Podría escasear uno u otro rubro, pero no todos a la vez. Lo que vivimos es único e inédito en la historia no sólo de Las Américas, sino del mundo. Jamás se había visto una decadencia tan acelerada, sistémica e irreversible, nos quedamos sin argumentos, mudos, ante su consumación. 

Los que lo advertimos fuimos los alarmistas, los exagerados, ¿lo fuimos?

La manada de los patéticos

Tiendo a despreciar a la clase intelectual venezolana unas veces por sus carencias creativas, otras por su deficiencia o frivolidad crítica. Con sus excepciones, como Manuel Caballero o Asdrúbal Aguiar (por mencionar dos de algunos casos), la mayoría de los opinadores de la errática histeria académica, sobre todo los patéticos que siguen escribiendo en ese guisote inmoral “sin dueño” que es El Universal, equivocaron sus juicios sobre lo que era el chavismo y nunca aceptaron que se trataba de una dictadura (ni hablar de tiranía). Nos criticaron y nos critican, nos llaman “radicales”. Uno se ríe de ellos –al menos tú y yo– porque los despreciamos. 

Fueron, son y serán la nada. Su destino es el olvido, son una manada de patéticos.

El polvo de este lodo

Menciono a los universales opinadores de la despreciable histeria académica venezolana para recordar que muchos de estos lodos vienen de aquellos –borrachísimos– polvos, que ahora “asesora” a Henry Falcón, el jefe de los patéticos. Me preocupa que enfilan sus críticas contra Guaidó, igual a lo que hacen algunos otros de buena fe, quienes de manera genuina sienten molestia por los comprensibles desaciertos del presidente encargado, pero esas críticas favorecen a Maduro y a un sector de oposición que no tiene ningún escrúpulo en entregarle el país al chavismo para enriquecerse y cohabitar con la miseria. No les importa, lo han demostrado.

La crítica es vital, pero no la autodestrucción.

Críticos, no suicidas.  

La frivolidad crítica nos puede llevar a un peor y permanente abismo chavista, ¡cuidado! Luchamos contra la primera narcotiranía americana, no es fácil luchar contra ella, pero tenemos que hacerlo. Irremediablemente hay que seguir hasta derrocarlos. Se entiende la frustración, pero el apoyo –autocrítico– al presidente Juan Guaidó es fundamental. Espero que entendamos la encrucijada en la que estamos entre la oportunidad más cercana para de salir de la tiranía o la debacle definitiva. No nos equivoquemos, Guaidó, pese a desaciertos y aciertos, es diametralmente mejor que Maduro o Cabello o que sus cohabitantes Falcón, Timoteo o Capriles. Seamos críticos, sí, pero no suicidas. 

¡Cuidado! Puede ser peor…

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