Volver a nacer en Carrizal- texto ganador del primer lugar concurso Cronista Escolar

Autoras: Madeley Rodríguez y Melitza Rodríguez

Estudiantes de la Unidad  Educativa “Instituto Madre Isabel”

Suena la última cuerda de mi guitarra maltratada por el tiempo.

Desde hace 3 días, me he levantado con la impresión de que todo ha cambiado. No puede ser posible: tomé mis pastillas antes de dormir, verifiqué que los perros no molestaran a los helechos del jardín y le di al loro guayabas recién caídas de la mata, antes de que el rayo de luna se posara sobre su jaula. Caminé como siempre entre las sombras, tanteé mi cama y le recé a la Virgen, como de costumbre, pidiéndole soñar con los brazos cariñosos de mi madre una vez más.

Ya lo ven, nada ha cambiado y sin embargo siento mi cuerpo más ligero, como si ya no habitase en él, más que el peso de los recuerdos.

La soledad me ha traído hasta la plaza de mi pueblo. He citado a la mujer más hermosa del mundo a este encuentro, solamente para deleitarme en sus marrones pupilas y en su olor a mango por última vez. Delante de mí hay una iglesia perfectamente pintada de blanco, que no había visto nunca; la misma que me dice, con sus eternas campanadas, que ella no llegará jamás.

Siento que he vivido cien años. Las personas caminan a un paso muy rápido, como huyendo del tiempo, sin saber que éste nos alcanza a todos. Tienen una particular manera de vestir, de expresarse e incluso, me parece gracioso el ademán que le hacen con las manos a unas máquinas con carteles en los vidrios que señalan destinos: “Los Teques”, “San Antonio”, “Caracas”. Perdí mi tiempo esperando alguno que tuviera el destino al que yo quería llegar.

Mi alma se pasea por estas calles, tan lejanas a lo que yo conocía como la palma de mi mano. Y siento como mis ojos se cristalizan recordando los momentos del pasado, en lugares que ya no existen y que forran mis venas añorando un regreso.

Recuerdo aquella llamada de filantropía que surgió en mí el día que Ana Francisca, mi patrona y fiel amiga, me vendió parte de sus tierras como acto de agradecimiento por el servicio que yo ejercía, tanto en su hogar, como en sus terrenos. Todo esto lo doné por amor a mi pueblo. Y la vida sí que me lo retribuyó: desde aquí veo a esos jóvenes, a esos muchachitos, riendo, hablando de música, de literatura, de lo difícil que estuvo el problema de aritmética. Yo también pasé por allí. Los observo y escucho en el viento la voz de mamá, haciéndome constancia de su dicho favorito: “haz el bien y no mires a quién”.

Los colores comienzan a atenuarse… La iglesia que desconozco da las seis. Bajo los carrizos de esta zona se esconde toda mi historia, mis sueños y libertades. Aquí, donde veo pasar rostros nuevos, donde nuevas melodías embriagan el ambiente, donde nuevas casas forran mis colinas: yo fui igual de feliz.

Una extraña sensación se despierta dentro de mí, similar a la que se siente en una parranda, luego de que las últimas velas del pastel se apagan y sólo queda el vacío de una esperanza.

Debo partir. Es eso. Y me voy con la certeza de que todos esperamos algo: un beso, una canción, una mirada… Yo espero volver a nacer para volver a saborear las memorias de Carrizal. Mi madre, en cambio, espera que sus flores favoritas estén posadas sobre su tumba en esta tarde de domingo. También el calor armonioso de su hijo, que cumplió con su más grande sueño y que ahora también puede descansar: fundar una escuela que llevase su mismísimo nombre (sí, el mío) “José Manuel Alvarez “

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