Epifanía venezolana en Tenerife

Pisar Tenerife por primera vez fue como experimentar una especie de epifanía. Su arquitectura, su clima y, sobre todo, su gente hicieron remontarme en fracciones de segundos a mi Venezuela bonita.


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Los nexos que unen América y las islas se remontan al siglo XV, pero no fue hasta 1670 cuando se produjo una migración masiva de habitantes de las islas a tierras americanas, en especial a Venezuela donde, de hecho, se concentra la mayor población de canarios fuera de España.

San Antonio de los Altos fue el primer enclave fundado en Venezuela por 24 familias emigrantes venidas desde las islas en 1683.


En 1718 se crea un comercio canario-americano en el que la corona asume los trámites y costes del traslado y se potencian aún más las relaciones entre Canarias, Venezuela y también Cuba, aunque la mayor parte de la población que emigraba a Venezuela, lo hacía por su propia voluntad y no meramente por acuerdos comerciales.
En 1831, el presidente venezolano José Antonio Páez emite una convocatoria exclusivamente al pueblo canario para poblar los fértiles campos venezolanos y sustituir así a los esclavos. De este modo, una corriente migratoria se fue estableciendo en Venezuela dando como resultado que de 20.000 inmigrantes establecidos en Venezuela  en esa época, 14.000 fuesen canarios.


A mediados del siglo XX, y como consecuencia del bloqueo impuesto a Franco por las naciones vencedoras, se presentó una época de mucha precariedad y limitaciones en las Islas Canarias. En este sentido, los isleños no dudaron en elegir Venezuela como país destino, impulsados ya no solo por la fertilidad de sus suelos sino por el surgimiento de la explotación del petróleo y, en general,  por el próspero futuro que auguraba el país caribeño.
La emigración fue tal que “cuando alguien faltaba un par de días por estos pueblos, se solía decir: “Otro para La Guaira”. De ahí la denominación de la Octava Isla.”


Epifanía venezolana


Al segundo de poner un pie en Tenerife, sospeché que algo muy diferente a la península se cocía en la isla.
En primer lugar, el modo de hablar de la gente es tan parecido al venezolano, que a veces resulta difícil diferenciar uno de otro. Eso ya lo sabía, claro. Pero estar ahí y escuchar ese acento tan pero tan parecido al nuestro por doquier, me llenó de una emoción tremenda.


Dondequiera que íbamos, para la gente de ahí, yo era isleña. Así que no en pocas oportunidades tuve que aclarar que era venezolana. Eso sí, siempre como con una especie de sosiego interno por sentir que al menos por unos días saborearía ese sentido de “pertenencia” que solo soy capaz de sentir en Venezuela.


Luego, ya no fue la forma de hablar sino la manera de tratarnos lo que me iba generando una especie de mimetización instantánea. El tinerfeño no escatima palabras para saludarte, para ayudarte en lo que necesites y desearte un feliz día. Es una constante donde quiera que vas. Lo mejor, es que lo hacen de forma natural. No es como estar en un complejo turístico y sentir que todo el personal se esfuerza para ofrecerte un buen servicio. En este caso no, la amabilidad es genuina, y eso me recuerda irremediablemente a conectar con los mejores valores de mi gente.


El clima, por supuesto. Temperaturas agradables y constantes durante todo el año. Para mí, son una media entre la temperatura de Caracas y de mi San Antonio querido. Estando en Venezuela no somos consciente de lo afortunados que somos por tener ese clima. Solo cuando salimos y vivimos los fríos inviernos y los tórridos veranos (sobre todo los primeros años) nos damos cuenta de que tenemos una tierra bendita.


Y con el clima viene la ropa. Adiós a abrigos, bufandas y a vestiditos cortos de telitas finas. La mayor parte de la gente viste con blue jean y franela. Normal. Sin extremos.


Ni qué decir de su arquitectura. Muchas de sus plazas podrían simular ser cualquier Plaza Bolívar de Venezuela. Espacios rectangulares amplios, rodeados por una vegetación frondosa, y en el centro cualquier figura que podría evocar perfectamente a la de nuestro Libertador. En muchas de ellas, se dibujan fachadas coloniales de colores al fondo. En fracciones de segundos te trasladas a Pampatar, Puerto Cabello, Coro…


Y si en algún momento crees que es pura sugestión, los nombres de muchos de los lugares y negocios distribuidos a lo largo y ancho de la isla confirmarán de lleno la sentencia que define a Venezuela como la Octava Isla. Desde: Negocio Los Venezolanos, Comercial Maracaibo, Restaurante Maracay… pasando por pueblos llamados Puerto de la Cruz, Coromoto…, y hasta bolsitas de azúcar membretadas con la marca Caracas. ¿Así quién puede no emocionarse?


Y ya cuando escuchas cotufas en lugar de palomitas, cholas en vez de chanclas… y que para referirse a ti lo hacen con un cariñoso Mi niña, solo queda dejarte llevar y disfrutar de esos minutos prestados de sentirte como en casa.
Este viaje a Tenerife ha significado mucho para mí. No solamente por los espectaculares paisajes que conforman la isla, sino por su gente. Los tinerfeños han sabido bien cómo trasladarme a esa Venezuela bonita que tanto echamos de menos quienes tuvimos la suerte de conocerla, a esa Venezuela llena de gente alegre y hospitalaria. Estoy segura de que esa es nuestra esencia y más pronto que tarde volveremos a ser el hogar de todos los que estén en busca del paraíso en la tierra.

Beatriz López Díaz

Editora de proximaparadalaluna.com

IG: @proximaparadalaluna

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