Lo que está en juego es la vida

A fuerza de tanto repetirlo, pareciera que hemos dejado de ver la magnitud de la tragedia que vive nuestra sociedad y la amenaza que se cierne sobre ella, amenaza con nombre de pandemia, de hambre, de inseguridad, de abandono a la suerte y, aunque suene duro decirlo, de muerte.

Sobran declaraciones como las de la Academia Nacional de Medicina sobre la atroz amenaza del covid-19 y abundan estudios en torno a la realidad nacional, como los recientes de la Fundación Centro Gumilla y de la Red Agroalimentaria sobre los barrios y pequeñas poblaciones rurales, en los que se describe cómo se agudiza el riesgo de desnutrición, cómo crece el deterioro de la educación, de los servicios, de las condiciones de trabajo.

El que nuestra dirigencia asuma frente al drama nacional la posición irresponsable de mirar hacia otro lado no reduce ni aleja los peligros. Los hace más inminentes y de consecuencias aún más nefastas. ¿Cómo entender, entonces, la incapacidad de las élites y de quienes detentan el poder para acordar y hacer efectivo un plan nacional destinado a frenar la amenaza de la pandemia y su recrudecimiento? ¿Cómo explicar esta incapacidad de acuerdos frente a realidades como el hambre, el desabastecimiento, la catástrofe de los servicios? ¿Cómo aceptar que prevalezcan intereses políticos o de poder cuando se trata de responsabilidades vitales con la comunidad? ¿Cómo entender que se mida más el rédito o el riesgo político que la vida de la gente y que, en lugar de asumir responsabilidades, se oriente todo el esfuerzo a la culpabilización del otro?

Alarma, pues, que en torno a la crisis humanitaria provocada por la pandemia se hayan generado posturas igualmente equivocadas: la de la incapacidad para entenderse entre los actores de la misma y la de la actitud a restar importancia al drama o a desentenderse. De lo que estamos hablando no es banal, hablamos de amenaza de muerte para el colectivo nacional.

Así ha sido puesto de manifiesto en recientes declaraciones del presidente de la Academia Nacional de Medicina: No es un juego de sí y no –dice López Loyo– sino de asumir el compromiso de vacunar a todos los venezolanos. Al lado del reconocimiento de la complejidad de la emergencia sanitaria y de las graves condiciones de la infraestructura hospitalaria, se observa el ocultamiento de la realidad, estrategias erradas y uso propagandístico de la información. El llamado de la Academia a diseñar e implementar un plan nacional de vacunación viene acompañado de su irrestricta disposición a colaborar. Se observa con dolor que sí se la invita pero no se la oye, que sí se convoca a mesas de trabajo que no se reúnen, que sí se toman decisiones pero sin discutirlas. El llamado es a la transparencia, a la organización, la no discriminación y el cero privilegios. El país no podría sino aplaudir una disposición honesta a escuchar a la ciencia, a unir esfuerzos, a negociar acuerdos con la garantía de que se cumplan, a posponer intereses político partidistas, a escuchar propuestas como la de Fedecámaras, a ver esta circunstancia como una oportunidad de acercamiento, a superar la intransigencia, el miedo, la desconfianza, el cálculo.

Ojalá la Semana Santa haya servido para reflexionar en mensajes como los del padre Arturo Sosa, venezolano, superior general de los jesuitas. Sosa convoca a ver la humanidad como una sola, a valorar la condición de única, variada, rica e interdependiente, a entender la responsabilidad personal en la búsqueda del bien común. No hay duda de que llamados como este a la cooperación, la sensibilidad, la solidaridad chocan con el endurecimiento, el aislamiento y la concentración en sí mismas de las élites. Ojalá se haya reflexionado sin la pasión de la política y sin la presión de los propios intereses, con serenidad, con buena voluntad, con la intención de entender y atender al otro.

No cabe el cálculo político ni la desconfianza cuando lo que está en juego es la gente, la vida. Negarse al entendimiento en este terreno es condenarse al fracaso. Desentenderse, asumir la pasividad, el aislamiento o la insensibilidad, mirar para otro lado, no aleja la tragedia ni reduce su dimensión.

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