Fue cruzar la frontera y les cayó la maña. Apenas puso la familia de Luisa un pie en Tapachula, la secuestraron. Durante una semana fueron esclavos de los criminales. Limpiaron sus baños, barrieron sus suelos, “todas esas cosas”. Les obligaron a escribir a casa, allá en Venezuela, para que sus parientes enviaran el rescate. “No fue mucho, pero mandaron”. Salieron en junio de Puerto Cabello, Estado de Carabobo, atravesaron cinco naciones que Luisa enumera de corrido: Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala. En México se toparon con la muralla.
El 20 de enero, el día que fue investido presidente, Donald Trump blindó —más aún— la frontera y cerró la aplicación para solicitar asilo en Estados Unidos, su destino. “Nosotros estábamos a la deriva, no teníamos dinero, nada, pues”. Las noticias que llegaban del norte no eran halagüeñas: caza de venezolanos, deportaciones, encarcelaciones en prisiones de alta seguridad junto a pandilleros en El Salvador. El país en el que están varados no ha sido mucho más amable con ellos. “Del viaje, lo más duro, duro, duro ha sido la selva y México”. Por eso están aquí, a las puertas de la Embajada de Venezuela en Ciudad de México, suplicando por un “vuelo humanitario” de vuelta al país del que huyeron.
—No se nos dieron las cosas como queríamos, pero pues ahí ya se nos escapa de la mano, y realmente necesitamos esa ayuda humanitaria de parte de Nicolás Maduro.
Como Luisa (26 años) y su familia, entre 100 y 200 personas se agolpan este jueves a las puertas de la Embajada venezolana de la capital, en el adinerado barrio de Polanco. Más o menos a la misma hora que ella cuenta su historia, un avión con 300 compatriotas que un día antes se agolpaban aquí también, aterriza en Venezuela. Algunos fueron primero deportados desde Estados Unidos, otros nunca llegaron. Ha habido vuelos de repatriación desde México también en febrero y marzo, además de los que parten desde Estados Unidos. Como Luisa, la mayoría no tiene pasaporte y, sin la ayuda de su Gobierno, no pueden salir. El criterio es difuso y las esperas son largas. En teoría, Venezuela prioriza a las familias con niños, pero la de Luisa aguarda su turno desde hace tres semanas, a pesar de viajar con cinco menores, el mayor de siete años, el bebé de uno. El funcionario de la puerta les dice que paciencia.
También se lo dice a un grupo de cinco niños, menores de edad, que entraron a México con una tía que desapareció después. Sobreviven en la calle y con la ayuda de las otras familias venezolanas que esperan en la embajada. No han sido una prioridad para Maduro. Tampoco para el Gobierno de la ciudad, de la morenista Clara Brugada, que en los últimos días ha desalojado a la fuerza campamentos callejeros de migrantes, muchos venezolanos, a lo largo de la ciudad. Ni para la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, a pesar de su acuerdo con Maduro para colaborar en la repatriación. No son los únicos niños durmiendo en esta calle de Polanco, pero los otros, por lo menos, están con sus padres. Descansan sobre cartones y comen lo que pueden.

Trump ha encarnado en los venezolanos todos los males, los reales y los ficticios, que aquejan Estados Unidos. México sigue su batuta. Maduro, aferrado al poder en un tiempo en que incluso sus viejos aliados le dan la espalda ante la sospecha de fraude en las últimas elecciones, confronta a la Casa Blanca más en el plano dialéctico que en el de los hechos. Y entre medias, varados, miles de los migrantes que han abandonado en masa Venezuela durante los últimos años, expulsados por la crisis económica y la inestabilidad política. Aunque todos concuerdan: mejor volver a casa que vivir en la peligrosa tierra de nadie que es México para ellos.
“Ahora por un tatuaje te discriminan”
Douglas Zapata tiene el ojo derecho nublado, envuelto en una bruma blanca. En 2017, cuando todavía vivía en Valencia, a dos horas de Caracas, lo asaltaron. Se resistió. Le lanzaron ácido a la cara. Le cegaron un ojo por completo, por el otro algo alcanza a ver aún. Tras aquello, no pudo operar la grúa que le había dado de comer los últimos 20 años y emigró a Perú. Pintó casas allí cinco años. En 2024 se puso en marcha de nuevo para reunirse con una hija en Nueva York. Al poco de entrar en México lo raptaron, también. Viajaba con su hijo y su nuera, embarazada de nueve meses. Los secuestradores se apiadaron de ellos. En tren, llegaron a Torreón, en la norteña Coahuila. Apenas descendieron de los vagones, pusieron rumbo al hospital y allí nació el niño en febrero de 2024. Decidieron esperar un tiempo antes de volver a dirigir sus pasos a Estados Unidos, darle unos meses de tranquilidad al bebé. En esas, llegó Trump y cerró el camino.
—Ese era el sueño, como todo el mundo tenía acá, el sueño americano, pero no se dio, y bueno, aquí nos quedamos.
Su hijo, su nuera y su nieto van a buscarse la vida en Torreón. “Yo de verdad no me quiero quedar porque no siento este país así como de bienestar. Y, de hecho, [aunque] volvieran a abrir [la frontera con Estados Unidos] yo quiero regresarme a mi país. Ya mi meta es estar con mi familia”. Espera frente a la Embajada venezolana en la capital, con una carpeta con sus papeles y su historia escrita en la superficie en mayúsculas temblorosas: soy discapacitado e hipertenso, no me dan trabajo, estoy solo, quiero volver a mi país. Lamenta que, pese a su discapacidad, todavía no le hacen hueco en el avión. Mientras, duerme en una pensión en el Zócalo a 100 pesos la noche. Sabe que en Venezuela las cosas no están fáciles, pero a estas alturas, no pueden estar peor que aquí: “Está un poco complicado, pero la familia subsiste y trabaja y echa ganas, como en todos lados hay que echarle ganas. Por lo menos tengo mucho apoyo de mi familia allá y eso es lo que quiero”.

Estados Unidos deportó a más de 200 venezolanos a mediados de marzo a una prisión de máxima seguridad de El Salvador donde el presidente, Nayib Bukele, tiene encerrados a pandilleros y un buen puñado de inocentes en condiciones infrahumanas. Trump los acusó sin pruebas de pertenecer al Tren de Aragua, un grupo criminal venezolano. A algunos simplemente porque sus tatuajes se parecían a los de los mareros. Un juez ordenó paralizar la expulsión, pero la Casa Blanca decidió no hacer caso a la justicia. Unos días después, la secretaria de Seguridad Nacional de Trump, Kristi Noem, se paseó por el penal, se fotografió junto a las celdas hacinadas de presos sin camiseta —los tatuajes bien definidos en el fondo de la imagen— y prometió a los migrantes: “Si no se van, los vamos a cazar, arrestar, y podrían terminar en esta cárcel salvadoreña”.
Que una servidora pública amenace con cazar migrantes forma parte de la cotidianidad de la corte de Trump, una estrategia que ha disuadido a muchos que, como Diego Álvarez Andrés, esperaban algún día alcanzar aquel país que durante años significó para ellos la promesa de la prosperidad. “Ya es imposible. Y si de todas maneras hubiera una oportunidad de entrar, ya no quisiera, porque ya es muy complejo estar ahí con el estrés de que estamos perseguidos porque estamos ilegales. Ahora por un tatuaje te discriminan que eres de una banda delictiva, entonces ya no es lo que queremos, pues. No puedo decir que todos son inocentes, pero se han llevado muchas personas que no tienen nada que ver con ningún delito”.
Álvarez Andrés ha cumplido los 25 años en el camino. Lleva siete meses en México, los seis años anteriores trabajó en Perú. Salió de Tapachula en una caravana migrante. Tenía una cita para solicitar asilo en Matamoros, la frontera con Texas, el día que Trump llegó al poder. Tiene dos hermanos en Estados Unidos. Ahora sobrevive de aparcar coches en un parking en Tepito. Él, por lo menos, tiene trabajo y puede pagarse un cuarto mientras espera. La familia de María (nombre ficticio para proteger su identidad) ni siquiera eso. Llevan dos semanas durmiendo a la intemperie frente a la embajada: “Realmente preferimos volver. Aquí hay mucha discriminación, secuestros… En Venezuela la economía no está buena, pero a pesar de todo se puede todavía hacer algo. Nada como estar en un lugar seguro. A Estados Unidos ya no hay forma. Y subir a pie hasta una frontera es demasiado riesgoso. Imagínese, ella [señala a su amiga] tiene dos niñas, la mía está por allá sentada, somos muchas madres. Entonces, el lugar más seguro donde podemos estar es aquí, porque irnos a una plaza nos agarran, nos secuestran, cualquier cosa. Por lo menos aquí, en la embajada, estamos seguros”.