Cinco cúpulas blancas con ribetes sencillos y ventanas diminutas sobresalen entre el verdor de los copeyes y eucaliptos que pueblan el sector San Isidro de San José de Galipán, el pueblo montañoso que se ve desde la cumbre del cerro El Ávila, por su ladera norte. La particular edificación muestra unos colores y una silueta que rompen el patrón de techos de tejas rojas y platabandas, propio de las casas rurales del lugar, muchas de ellas transformadas en posadas o residencias de fin de semana.
Una empinada calle ciega de concreto estriado conduce hasta la construcción, de arcos adornados y paredes de piedra de tonos tierra. Aunque no se ven letreros que prohíban la entrada, todos dan por restringido el acceso. Los lugareños, que le han concedido cierto halo de misterio al sitio, prefieren mirar a otro lado.
Los galipaneros se refieren al inmueble de manera indistinta como la mezquita, el templo hindú o hasta como un lugar de santería. Pero no le rehúyen por alguna deferencia o temor místico al sitio de veneración. Saben, en cambio, que el santuario lo hizo construir Nicolás Maduro y que por mucho tiempo estuvo vedado por motivos tanto de discreción como de seguridad.
El sigilo y la prudencia son vecinos de Galipán. Las rápidas urbanización y gentrificación de esta zona durante el chavismo la llenaron de casas de forasteros notables a los que conviene olvidar. Aun así, se encuentran estructuras tan conspicuas que nadie puede dejar de notarlas. No muy lejos del templo se levanta una mansión que los oriundos identifican como propiedad de Jorge Rodríguez Gómez, el actual presidente de la Asamblea Nacional. Todo ocurre en tierras del Parque Nacional Waraira Repano -antes Parque Nacional El Ávila, que desde 1958 protege el tramo de la Cordillera de la Costa que separa el valle de Caracas del mar Caribe-, cuya normativa prohíbe construir viviendas y otras bienhechurías en sus dominios. Pero con una excepción: desde 1992 la gente de Galipán tiene derecho legal a residir allí, gracias a un decreto que la identificó como población autóctona y que solo consagraba un hecho histórico, el establecimiento de sus ancestros, originarios de las Islas Canarias, que se instalaron allí en el s. XVIII para convertir en un vergel de flores, frutas y hortalizas ese rincón de selva nublada.
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