Barinas… ¿Entonces?

Redaccion El Tequeno

En fecha como la de hoy 16 de enero, hace 53 años (1969) y no domingo, sino jueves —contradiciendo a Gabriel García Márquez, para quien el jueves «es una torrija del tiempo, sin sabor ni color, y no sirve ni para morirse—, se inmoló en la plaza Wenceslao de la capital checa el joven estudiante de arte Jan Palach. Fue su modo de manifestarse contra la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia —200.000 soldados (600.000, según fuentes occidentales) y 2.300 tanques de la URSS, Alemania Oriental, Bulgaria y Polonia—, operación orquestada en la Unión Soviética, a fin de poner término a la «Primavera de Praga», un proceso de liberalización política y modernización económica liderado por Alexander Dubček y Ota Šik, orientado a la instauración de un «socialismo con rostro humano». Pero de humano, ¡nada!, rugió el oso. Palach murió tres días más tarde a causa de sus quemaduras. La policía y el Partido Comunista infamaron su memoria, acusándole de escenificar un «falso suicidio». Cualquier parecido con nuestra realidad judicial es mera coincidencia. En agosto de 2010 falleció de un infarto, colofón de una prolongada huelga de hambre en rechazo a la confiscación de sus tierras, el biólogo y agricultor Franklin Brito. El sacrificio del checo y el suplicio del venezolano representan formas extremas de repudiar los abusos del poder, es decir, de hacer política.  ¿Esperarán quienes promueven proyectos personales al margen de una razonable concertación, sacrificios similares a los aludidos para percibir el interés ciudadano en los asuntos públicos, o continuarán repitiendo, en registro de cotorras parlanchinas, «los venezolanos dejaron de interesarse en la política»?

Ese presunto desmarque la endilga al pueblo llano una dirigencia  forjada en la herrería mediática y no en la calle, dejándose ver casa por casa, una modalidad de intervención en el intercambio de opiniones, practicada antaño por quienes asistían a las reuniones de sus organizaciones, compartían con la dirigencia las urgencias y angustias del barrio, la parroquia o el villorrio, y contribuían a sostenerlas, mediante su puntual cotización o promoviendo eventos para recaudar fondos destinados a  aceitar regularmente la maquinaria partidista. Sin duda, en estos tiempos de pandemia e inflación —la hiperinflación, dicen, cesó; pero el índice de precios al consumidor (IPC) se incrementa mes a mes en 50% y, sí aprendimos bien la tabla de multiplicar, ello constituye 600% de inflación interanual—, la principal preocupación del ciudadano de a pie es la papa cotidiana: la suya y la de su familia; no obstante, ese uomo qualunque sabe o intuye que para subsistir decorosamente debe operarse un cambio sustantivo en la conducción del país. Si creemos en el falaz diagnóstico, debemos responsabilizar de la supuesta apatía de las masas a esos patólogos mediáticos sin poder de convocatoria. ¿No fue Aristóteles quien sentenció: el hombre es un animal político?

No, los venezolanos, a pesar de la podredumbre y la corrupción, no han dejado de vincularse a la política. Renunciaron, sí, a ser arreados por dirigentes circunstanciales, productos de la caducidad e improvisación de liderazgos no fundados en programas para el cambio, sino en el quítate tú pa’ponerme yo; y, con sobrados motivos, abominan de quienes son cazagüires, no estadistas, y juegan en posición adelantada pensando en las próximas elecciones y no en las generaciones futuras. El gobierno de facto, cual quedó palmariamente evidenciado en la consulta del 21 noviembre, carece de apoyo popular —la unidad opositora, de haberse dado, se habría impuesto con holgura al oficialismo, mas hubo demasiados peros y pruritos—. El distanciamiento se ha agravado, entre otras razones, porque las promesas son inviables y el discurso un disco rayado. Esa es la escueta verdad y la traemos acá a guisa de introito a nuestra modesta apreciación de lo acaecido a raíz del desconocimiento, cocinado en las hornillas del tsj (minúsculas hasta nuevo aviso), del ingeniero Freddy Superlano como gobernador electo del estado Barinas, cuna del redentor y feudo de la familia Chávez. El escamoteo de su triunfo concitó una nueva consulta comicial, pero no fue un rutinario remake de la película, sino un formidable batacazo con mucho de justicia poética.

El estado llanero, del cual Hugo Chávez se enorgullecía fabulando parentescos con sus próceres y personajes notables, y en cuyos predios aposentan o se pasean a sus anchas y como Pedro o perro por su casa sin ser Pedro ni perro, y con la venia de Hugo de los Reyes, de Argenis y de Adán, narcoguerrilleros del ELN, de las FARC y de las denominadas Fuerzas Bolivarianas de Liberación-Ejército Libertador, se ha redimido con el país propinándole una colosal felpa a Jorge Arreaza, exyerno del santón de Sabaneta, excanciller,  exvicepresidente y  exministro de:  Industrias y Producción Nacional,  Desarrollo Minero Ecológico,  Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología; y Ciencia, Tecnología e Innovación. A pesar de semejante currículo mordió el anzuelo madurista y el polvo de la derrota y, en lastimero cui-cui, amenazó a quien le sacó 15 puntos de ventajas con un arrogante te espero en la bajadita: «Mucho cuidado porque aquí vamos a estar para defender Barinas, ni un paso en falso porque nosotros no vamos a permitir que se le haga daño al pueblo». Una advertencia superlativamente cínica, pues más daño del causado a los barineses por el marquesado chavista es imposible.

Hasta aquí nos hemos limitado a salpimentar lo ocurrido el domingo último, procurando no aburrir al llover sobre mojado con un cuento de sobra conocido, como del gallo pelón; llegamos, pues, al llegadero de las conjeturas en torno a los alcances de este punto de inflexión en el devenir político de la nación. Si el madurismo no pudo repetir su guion de noviembre, fue porque la avalancha de votos en favor de Sergio Garrido debió ser abrumadora y, triquiñuelas mediante, la ventaja pudo ser reducida al 15% anunciado oficialmente. Quizá Arreaza fue enviado allí con el propósito de quemarle —liquidarle políticamente como acaso pretendió dar a entender el otro fiscal cagaversos, Isaías Rodríguez, en desafortunada y alarmante metáfora: «¡Te quieren matar!»—. Dado el emblemático valor en el imaginario bolichavista de la entidad conquistada por la unidad democrática y el descaro de la tribu del dos veces procesado por homicidio Maikel Moreno, el arrebatón trascendió el ámbito regional y acaparó la atención nacional. A fin de subsanar su error de cálculo, el írrito okupa de Miraflores, sus ministros y la plana mayor del PSUV, disponiendo a placer de los recursos del Estado (peculado de uso), se volcaron a prodigar atenciones y regalos a los barineses con la misión expresa de sobornarles y contar sus votos antes de sufragar. Mas les hicieron la seña del mudo, no se dejaron intoxicar con los caramelitos de cianuro y ya usted ve, Arreaza al foso y Garrido al gozo.

La contundente victoria unitaria tiene tanta relevancia y está cargada de tan buenos augurios como en su momento los tuvo la investidura de Juan Guaidó. Se trata de una victoria a administrarse con modestia y sentido de la realidad; sin embargo, no está demás ponerla a prueba el próximo 23 de enero, insuflando un nuevo aliento a la población y hacerla protagonista del primer paso hacia la concertación definitiva; eso sí: sin el inmediatismo del ¡Maduro vete ya! y otras desmesuras producto del hartazgo y la impaciencia; es además menester, creo, reflexionar sobre la pertinencia del cacareado, ansiado y sobrestimado referéndum revocatorio, porque su sola convocatoria es ya una legitimación del régimen de facto. Transformado en consulta plebiscitaria representa un riesgo innecesario, si tenemos en mente que a vuelta de dos años habrá elecciones presidenciales y la oposición democrática tendría tiempo suficiente para reorganizarse, afinar estrategias y unificarse, siguiendo el ejemplo que Barinas dio. En ese sentido, comparto el punto de vista de Jesús Seguías según el cual «activar un referéndum revocatorio en estos momentos, cuando aún la oposición no termina de amalgamarse internamente, de superar grandes escollos políticos y organizativos, de construir un poderoso liderazgo colectivo y democrático, sería uno de los mayores desaciertos».

Voceros de la oposición ultraradical asumieron el éxito de la unidad democrática del pasado 9 de enero como resultante de la conchupancia con la usurpación y de un tejemaneje encaminado a lavarle la cara a la dictadura. Personalmente me parece una descomunal falta de respeto a los electores barineses, porque tan conspiranoica teoría pone en tela de juicio el derecho a la rectificación. El ominoso planteamiento recuerda el menosprecio implícito en las hipótesis de los «teóricos de los antiguos astronautas», para quienes detrás de cada realización humana está la mano peluda de «los alienígenas ancestrales». Desacreditar el logro alcanzado en Barinas es una mezquindad, y denota exceso de falta de ignorancia, como diría Cantinflas, y una absoluta carencia de honestidad intelectual. Y dejémoslo de este tamaño. Tenemos por delante mucho tiempo para masticar este glorioso episodio del drama nacional y recapacitar en lo atinente a sus implicaciones más allá de lo simbólico. Por ahora, chao… hasta el domingo venidero.

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