El fin de semana pasado, los medios de comunicación estatales de Corea del Norte condenaron a Estados Unidos e Israel por lanzar una “guerra de agresión” contra Irán, pero no informaron sobre la muerte del ayatola Alí Jamenei, junto con decenas de miembros de la cúpula dirigente iraní.
Por CNN
Esa omisión no fue accidental. El sistema político de Corea del Norte está construido en torno a la autoridad casi mítica y la supuesta invulnerabilidad de su líder. Transmitir públicamente la eliminación violenta de otro líder supremo introduciría un precedente peligroso. Recordaría a los ciudadanos norcoreanos que incluso la figura más poderosa de un Estado altamente controlado puede ser rastreada, señalada como objetivo y eliminada. Esa no es una narrativa que Pyongyang tenga incentivo alguno para difundir dentro del país.
De hecho, el líder norcoreano Kim Jong Un podría estar preguntándose si ha llegado el momento de levantar el teléfono y llamar al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Mientras Estados Unidos e Israel continúan con su campaña militar que ha sumido a Medio Oriente en una crisis, Kim y su pequeño círculo de funcionarios del partido y del Ejército encargados de la seguridad nacional están sin duda analizando cada aspecto de la operación militar estadounidense. Y ciertamente están tomando nota de la capacidad de Trump para pasar rápidamente de la diplomacia al uso de la fuerza.
Se espera que Trump regrese a Asia a finales de este mes para una cumbre con el presidente de China, Xi Jinping. Aunque no hay información sobre planes de una reunión con Kim durante su visita a la región, Chad O’Carroll, fundador y director ejecutivo de Korea Risk Group, un grupo de investigación que sigue de cerca a Corea del Norte y editor de NK News, dice que no lo descartaría.
“(Si yo fuera Kim Jong Un) sentiría con fuerza que me conviene entablar algún tipo de conversaciones con Trump este año, aunque sean solo superficiales”, dijo O’Carroll.
O’Carroll afirma que esa lógica tiene más que ver con que Kim maneje la imprevisibilidad de Trump.
Seguramente Kim y su círculo más cercano tampoco habrán pasado por alto que, hace poco más de dos meses, fuerzas especiales de Estados Unidos capturaron de manera sorpresiva al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. En ese momento, Corea del Norte respondió rápidamente con el lanzamiento de un misil que algunos analistas especularon podría estar relacionado con el arresto de Maduro. No hemos visto una demostración teatral de fuerza similar inmediatamente después de los acontecimientos en Irán.
Después de que Estados Unidos invadiera Iraq en 2003 y el entonces presidente George W. Bush incluyera a Corea del Norte en el llamado “Eje del Mal”, el líder de entonces, Kim Jong Il, desapareció de la vista pública durante varias semanas. Cuando reapareció, la mayoría de sus apariciones públicas fueron en instalaciones de las Fuerzas Armadas.
“La impresión (en 2003) fue que había un miedo inicial”, dice Chad O’Carroll.
“La situación ahora, creo, es fundamentalmente diferente”, dijo O’Carroll. “Kim Jong Un ya ha hecho una aparición pública. Así que claramente no se está escondiendo”.
El Comando de la Guardia de Corea del Norte y los órganos de seguridad interna analizarán ahora cada detalle de la operación en Irán mientras intentan garantizar que Kim nunca comparta el destino de Jamenei.
Durante mucho tiempo, evaluaciones de inteligencia de Corea del Sur y de Estados Unidos han descrito a Corea del Norte como uno de los países con los sistemas de protección de líderes más elaborados del mundo, y Pyongyang ha pasado muchas décadas perfeccionando una protección en múltiples capas. En imágenes recientes de los medios de comunicación estatales sobre las apariciones públicas de Kim, se ve al personal de seguridad de pie muy cerca de él, algunos con distintivos maletines balísticos diseñados para desplegarse como escudos en caso de un tiroteo.
Durante mis viajes de reporteo dentro del país, vi cómo los movimientos de Kim se mantenían en secreto hasta el último momento. Recuerdo haber pasado por horas de exhaustivos controles de seguridad, solo para ver la silla de Kim permanecer vacía en actos oficiales. Los observadores dicen que la seguridad de Kim se refuerza con tácticas conocidas, como comitivas de motoristas falsas, cambios repentinos de lugar y anillos de seguridad en varias capas. Se cree que bajo Pyongyang y en las vastas montañas de Corea del Norte existen extensas instalaciones subterráneas y centros de mando alternativos construidos para garantizar la seguridad y la continuidad del liderazgo durante momentos de crisis.
Kim tiene muchas razones para sentirse más confiado hoy que su padre en 2003. Se cree ampliamente que Corea del Norte ha ensamblado decenas de ojivas nucleares, una realidad que cambia radicalmente el equilibrio estratégico. A diferencia de Irán o Venezuela (o de Libia, por cierto), Corea del Norte afirma poseer armas nucleares operativas y sistemas de lanzamiento capaces de alcanzar cualquier punto del territorio continental de Estados Unidos, aunque nunca se han probado por completo. Hace varios años Pyongyang incorporó a su legislación el derecho a un uso nuclear preventivo y declaró su estatus nuclear “irreversible”. La envejecida pero formidable fuerza de artillería de Corea del Norte sigue apuntando directamente a Seúl, como lo ha hecho durante décadas.
O’Carroll me dijo que la capacidad de Corea del Norte para colocar “ojivas nucleares tácticas o incluso estratégicas” en sus misiles cambia fundamentalmente el cálculo de riesgos de cualquier adversario. Pero añade que la disuasión no garantiza inmunidad. Conflictos recientes han mostrado hasta qué punto los servicios modernos de inteligencia pueden penetrar profundamente en países adversarios, identificar objetivos de liderazgo, interrumpir comunicaciones y neutralizar defensas con rapidez.
Los acontecimientos en torno a Irán también pueden revivir un recuerdo incómodo para Kim: Hanoi.
