Juan Carlos Rodríguez se estaciona en medio de una carretera cubierta de bosque. Saca una cuerda y empieza a arrojarla contra las ramas de un yagrumo (Cecropia peltata), un árbol común en Venezuela. Lleva la rama al suelo y la mete en su auto. Está consiguiendo comida para los perezosos que atiende. Es una labor diaria que realiza sin horario fijo.
La Fundación Chuwie Centro de Rescate y Rehabilitación de Perezosos se ubica en San Antonio, en un área de ciudades satélite de Caracas denominada Altos Mirandinos. Y es un proyecto que nació en 2020, cuando Juan Carlos y Haydée Rodríguez, su esposa, encontraron a un perezoso convaleciente en la carretera. Por sus quemaduras intuyeron que había sufrido una electrocución al entrar en contacto con un cable. Fue atendido por un veterinario, pero perdió varias garras.
Después comenzaron a documentar la vida cotidiana con un perezoso en redes sociales. Cada día surgían más seguidores. Cada publicación recibía varios comentarios. Las personas empezaron a avisarles de perezosos en peligro en diferentes lugares. Fue entonces cuando comenzaron los rescates.
Hasta ahora han hecho más de 1.000 entre Caracas y Los Altos Mirandinos y en sus instalaciones, donde ahora se recuperan cinco osos que serán liberados, además de uno que es llamado el “embajador” educativo.
Crece el amor por los perezosos
En las ciudades venezolanas, la vida de los perezosos está amenazada: perros que los muerden, cables que los electrocutan y carros que los atropellan. Por eso, los rescates se convirtieron en una actividad medular de la institución. Cada ejemplar herido es llevado hasta el centro. Luego, recibe la atención necesaria gracias a una alianza de la fundación con las clínicas veterinarias Vuurman. Después de un tiempo, es liberado en una montaña. El proceso puede durar días, semanas o meses.
Él es diseñador y ella comunicadora social, así que les tocó aprender a coordinar a un equipo de biólogos y veterinarios asociados. Un problema que ha enfrentado el equipo entero es que no había suficiente bibliografía especializada en el tema. La intuición, la práctica y el consejo de profesionales de otros países de la región, a quienes contactaron por correo, sentaron las bases de su aprendizaje.
Rodríguez debe salir a diario para conseguir ramas de yagrumo. Un perezoso consume alrededor del 10 % de su peso al día. Su carro presenta fallas. Suma 30 kilómetros al odómetro con cada viaje. Además, en su casa hay un espacio construido para los perezosos; para abaratar los costos, él se encargó de construirlo con sus propias manos. Las escaleras de madera ya se están pudriendo. Casi todos los fondos han salido del hogar de la pareja: insumos veterinarios, cajas de contención y combustible.
Él cuenta que, gracias a Zootopia y al personaje de Flash, ahora todos aman a los perezosos. Chuwie, el embajador del proyecto —llamado así por Chewbacca, de Star Wars—, ha sido llevado varias veces a eventos educativos gracias a una guía de movilización expedida por la autoridad pertinente en Venezuela, llamada Ecosocialismo. Los seguidores le han solicitado peluches de él. Su presencia atrae personas: las cuentas de redes sociales del proyecto, en cada plataforma, no bajan de 75.000 seguidores. Muchos les escriben para ofrecerse como voluntarios, pero las instalaciones actualmente no están dispuestas para recibir mucha gente. Traer personas significaría utilizar los recursos de su hogar y ambos siguen trabajando de forma freelance en sus profesiones.
“Las leyes de protección de la fauna silvestre están hechas para una época anterior y deben ser actualizadas”, dice Rodríguez. Si tocar a un animal salvaje es ilegal, entonces… ¿Cómo podrían ofrecer formación a voluntarios? La pareja ha hablado con el ministerio correspondiente, pero, debido a las dinámicas de la institución, se les han dificultado las negociaciones.
Este centro de rescate es una institución de salvaguardia del patrimonio natural. No tiene una colección de animales para exhibición —como un zoológico—, ni cría animales para comercialización —como un zoocriadero—. Todos los ejemplares que logren recuperarse volverán a su hogar; los que no, serán embajadores educativos. Pero la guía o permiso de movilización para trasladar a los perezosos caducó en febrero y el trámite se ha complicado.
Mientras habla, vigila a un perezoso en rehabilitación: permite que escale un árbol para que desarrolle las habilidades de un ejemplar silvestre. “No vayas tan alto”, le dice. Ya es tarde: se fue demasiado lejos. Ahora toca esperar a que baje. Durante la espera, recibe una llamada: solicitan que rescate a un perezoso. Su récord es de seis rescates en un mismo día.
Rodríguez no se considera experto: se rodea de expertos. Son ellos quienes guían sus acciones. Se considera rescatista. Los especialistas han encontrado datos alarmantes: desde 2021 notaron que muchos perezosos tenían costras. Los veterinarios hicieron raspados de piel para averiguar la causa. Determinaron que era sarna sarcóptica, producida por un ácaro. Rodríguez cree que el porcentaje de animales infectados es del 2 %. En fauna silvestre, ese es un número alarmante.
Los esfuerzos de la fundación por atender a los perezosos han sido hechos con carencias informativas. No se cuenta con métodos claros para realizar diagnósticos sobre esos animales: es una especie poco estudiada, por lo que no existen criterios formales para evaluar la salud de un ejemplar. Su presión sanguínea, las características de su orina y otros parámetros aún no han sido establecidos.
El proyecto tendría más facilidades si dispusieran de un espacio más adecuado. Y casi logran tenerlo. En febrero de 2025 empezaron negociaciones con la alcaldía de Carrizal, un municipio vecino. En julio se les otorgó un comodato de uso de un terreno desocupado administrado por la alcaldía. Hasta el momento, la entrega no se ha realizado debido a una duda respecto a la legalidad del terreno. Una empresa urbanizadora era propietaria, pero no formalizó mediante documentos la transferencia legal obligatoria que debió haberse realizado en los años ochenta. Y, como desapareció en 2016, no ha sido posible contactarla. Aun así, en enero la fundación contrató obreros para retirar la maleza del lugar y deshacerse de los escombros.
“Estamos a unas semanas de declarar cierre técnico”, afirma Rodríguez. Eso significaría no hacer más rescates y limitarse a continuar los tratamientos de los perezosos en resguardo. El consumo de recursos que implica mantener la fundación se torna inmanejable. El terreno prometido permitiría sembrar yagrumos, un árbol de crecimiento extremadamente rápido: en unos meses un ejemplar alcanza un tamaño considerable. Planean, o planeaban, sembrar 400, además de otras especies. Pero la alcaldía ya ni siquiera responde.
Terminada la entrevista, él va a un rescate en la carretera de San Antonio. Estaciona su carro. El perezoso se encuentra afianzado a unos cables, está cerca de un poste de alta tensión; su vida peligra. Rodríguez saca la pértiga —una vara de uso industrial con partes desmontables— y dispone un extremo para tocar al animal. La idea es que lo tome con sus garras. No suele ocurrir, pero hay que intentarlo. No funciona. A cada camión que pasa, él le hace señas para que se detenga. Si pudiera subirse al techo, podría tomarlo con sus manos. Y, tras cuarenta minutos insistiendo, finalmente se detiene una camioneta para ofrecer ayuda. Ya en el techo, logra capturarlo e introducirlo en la caja. Es, quizás, el último rescate que tendrá lugar en mucho tiempo.
