Guacamayas que surcan Caracas también tienen nido en San Antonio: una historia de vuelo, memoria y semillas

Cada atardecer, cuando el sol comienza a teñir de naranja las laderas de San Antonio de los Altos, un sonido agudo y penetrante —una mezcla de graznido y grito selvático— irrumpe en el cielo de Potrerito.

Es el anuncio de una visita esperada: una pareja de guacamayas que, fieles a su rutina, sobrevuelan la zona para aterrizar en el patio de Lugo García, quien las recibe con semillas de girasol y galletas trituradas. “Son dos, antes venían tres. Llegan, comen y luego vuelven a volar hacia su casa en la parte baja”, relata Lugo, con la familiaridad de quien ya las considera parte del vecindario.

La familia García las recibe en su patio. Fotos: @ElTequenoTv

Aunque hoy son emblema alado de Caracas, pocas personas saben que muchas de estas guacamayas —en especial las coloridas Ara ararauna, conocidas como guacamayas bandera— tienen su origen en San Antonio de los Altos. Fue allí donde, hace décadas, el migrante italiano Vittorio Poggi comenzó a criarlas y liberarlas, sin imaginar que su gesto marcaría el paisaje urbano de la capital.

Poggi, quien llegó a Venezuela en 1968, vivió en Colinas de Bello Monte, pero pasaba largas temporadas en San Antonio, donde su vínculo con los animales se hizo inseparable. Una de sus guacamayas lo seguía en moto por las calles, un espectáculo que despertaba sonrisas y curiosidad.

Aunque esa ave eventualmente encontró pareja y no volvió, su historia se convirtió en leyenda urbana: la de un hombre que, sin proponérselo, sembró guacamayas en el cielo caraqueño.

Hoy, ese legado se percibe también en San Antonio. En sectores como Pacheco, Arte Murano y El Amarillo, vecinos reportan avistamientos frecuentes de estas aves. Las redes sociales se llenan de fotos y videos de la singular pareja que, con su plumaje tricolor y su canto inconfundible, se ha ganado el afecto de la comunidad.

Su sonido —fuerte, agudo, mezcla de graznidos y chillidos— no pasa desapercibido. Es su forma de anunciarse, de marcar territorio, de saludar a quienes ya las esperan con comida y cámaras listas.

Más allá del espectáculo visual, su presencia plantea preguntas sobre la convivencia entre humanos y fauna silvestre. Aunque admiradas, las guacamayas no son aves domésticas.

Su adaptación a entornos urbanos es consecuencia directa del tráfico de especies y la tenencia irresponsable, como advierten biólogos y ambientalistas. Sin embargo, en San Antonio, al menos por ahora, estas aves parecen haber encontrado un equilibrio: sobrevuelan libres, eligen sus rutas y regresan cada tarde a los mismos techos, como si supieran que allí las esperan.

En tiempos donde la ciudad parece perder su color, estas guacamayas recuerdan que aún hay belleza en lo cotidiano. Y que, a veces, basta con mirar al cielo para encontrarla.

Daniel Murolo

Video: @ElTequenoTv
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