Para Pedro, el día laboral se decide en una cuenta regresiva: a las 8:00 a. m. debe estar en su oficina de Altamira, y lo que ocurra en los primeros kilómetros de la Panamericana determina si lo logra.
Vive en Los Salias, tiene carro y aprendió a ponerle hora a la salida. «Si bajo antes de las 7:00 a. m. el tráfico fluye, pero si se me hace tarde y salgo después de las 7:00 a. m. me calo la cola», cuenta.
Ese tramo no perdona imprevistos. Un vehículo accidentado, un motorizado caído en el pavimento, un choque o un inconveniente con el canal de contraflujo que se activa cada mañana en el kilómetro 0 bastan para detener el flujo.
«Es una lotería», dice Pedro. «De un tiempo para acá es intensa esa cola, como lo era hace varios años atrás», sentencia.
Tamara no tiene margen para esa estrategia. Vive en Los Teques, estudia en la UCV y madrugar no le resuelve el problema, porque su viaje empieza antes, en el terminal de La Hoyada, donde depende de que haya unidades disponibles.
«Hay días en los que llego a la hora al terminal y, para mi sorpresa, no hay autobuses y hay que esperar hasta 45 minutos», relata.
Esa demora la deja sin colchón para lo que viene: «cuando agarras la Panamericana hay que rezar para que no haya un accidentado o un choque con motorizado».
La tarde no ofrece alivio. Para quienes regresan a los Altos Mirandinos, el retorno es igual de traumático, según Tamara: «Cola en la Valle-Coche para acceder a la Panamericana, retrasos en el semáforo de La Vega, sin contar con los accidentes de motorizados».
Así, entre la hora de salida que Pedro calcula con cuidado y los autobuses que Tamara espera sin saber cuántos minutos, quienes viven en los Altos Mirandinos y trabajan o estudian en Caracas pagan cada día, en tiempo y desgaste, el trayecto de ida y vuelta. «Esperamos que algún día llegue una autoridad al poder que ofrezca una solución»./DM
