El estado Miranda no escapa a la crisis hídrica que atraviesa Venezuela. Desde los Valles del Tuy hasta los municipios que conforman el Área Metropolitana de Caracas, miles de familias viven a diario sin agua y sin solución a la vista.
Abrir la llave y que no salga nada se ha convertido en la rutina de buena parte de los hogares mirandinos, donde la espera por el servicio puede extenderse por semanas.
En Santa Teresa del Tuy, Denise Barreto resume la situación con frustración: “El agua llega cada 15 días. Debemos gastar dinero en comprar botellones y cisternas para poder tener agua”.

Su testimonio refleja una realidad que golpea no solo el bolsillo de las familias, sino también el de los comerciantes, obligados a asumir costos adicionales para mantener sus negocios operativos.
Frank Guzmán, comerciante altomirandino, explica que la escasez afecta directamente el funcionamiento de su barbería: “Dependemos de llenar pipotes porque el agua no llega por la tubería. Para nuestro funcionamiento el agua es vital”.
La falta del recurso obliga a improvisar soluciones que, aunque temporales, representan gastos constantes y una carga adicional para quienes dependen del agua para trabajar.

Un problema estructural que se agrava con los años
La crisis hídrica en Miranda no responde a la falta de lluvias ni a fenómenos climáticos, según explica Manolo Blanco, coordinador en la entidad de la organización Unidad de Protección Vecinal. Asegura que las fallas son consecuencia de años de desinversión en el sistema de agua potable.
“Los técnicos e informes de los expertos aseguran que no tenemos agua no por falta de reservorio. El problema está en la captación, el bombeo, la potabilización y la distribución. En el caso de los Altos Mirandinos, la rotura constante de la tubería matriz ocurre desde hace años porque ya cumplió su vida útil y debe ser reemplazada. Los pozos son solo un paliativo”, afirma.

Aunque el embalse La Mariposa —el principal reservorio de agua de Miranda— mantiene un nivel óptimo, la realidad en los hogares es otra. La infraestructura deteriorada, las fallas en los sistemas de bombeo y la falta de inversión han convertido el acceso al agua en un desafío cotidiano.
Una espera que parece no terminar
Mientras las soluciones estructurales no llegan, las familias continúan adaptándose a una vida marcada por la escasez: almacenar agua en pipotes, comprar botellones, pagar cisternas y reorganizar rutinas enteras en función de un servicio que debería ser constante.
La crisis hídrica en Miranda se ha convertido en un problema que trasciende lo doméstico y afecta la salud, la economía y la calidad de vida de miles de personas. Y aunque las comunidades insisten en exigir respuestas, la espera por un suministro estable sigue siendo, para muchos, interminable.
