Frente a la morgue de Palmira hay dos camiones de refrigeración estacionados. Sobre los andenes, un centenar de personas espera a la intemperie, conteniendo el llanto, a que les entreguen los cuerpos de sus familiares muertos en el terremoto del 10 de agosto que golpeó a Cali, la tercera ciudad de Colombia. La morgue de esa ciudad colapsó en medio del terremoto, y todos los cuerpos de las víctimas han sido trasladados a ese municipio vecino. Es miércoles en la noche y ningún funcionario de Medicina Legal da razón de los cuerpos. Hacia las seis de la tarde, un hombre de la Fiscalía sale con sequedad a pedir que hagan una fila para registrar el nombre de la persona que vienen a reclamar. Una hora después, dicen que no pueden entregarlos todos. Hay familias que llevan casi cuatro días esperando para empezar a llorar a sus muertos.
Una de las mujeres que hace la fila es Katherine Reyes. Lleva en su celular una foto de su hermana Laura Johana Reyes, de 28 años, una de las víctimas fatales de la emergencia que ha enlutado a Colombia y que ya suma 265 personas fallecidas. Katherine llegó desde Chiquinquirá, en Boyacá, desde el mismo lunes. Tiene al lado de su silla dos maletas con la ropa que alcanzó a empacar en medio de la angustia cuando supo de la tragedia. El día ha terminado y nadie, ningún funcionario, le ha dado ninguna certeza de cuándo podrá recibir el cuerpo. “Ayer (martes, 11 de agosto) me llamaron a decirme que me la entregaban hoy al mediodía. Pero hoy ya dijeron que no iban a hacer más entregas. Toca volver mañana”, cuenta con resignación.
El olor en esa cuadra es denso y penetrante. Se pega a la ropa, a la garganta, a las manos, se cuela entre los tapabocas, obliga a algunos a taparse la nariz con la manga o con pañuelos que ya no alcanzan a filtrarlo. Palmira supera con facilidad los 30 grados al mediodía, y ese calor húmedo, pegajoso, acelera lo que los refrigeradores ya no logran contener. Ya nadie dimensiona los riesgos sanitarios de estar allí, entre un cementerio y un lugar desbordado de cadáveres que se descomponen contrarreloj. La morgue en esa ciudad secundaria, hasta el miércoles, no tenía congeladores para almacenar los cadáveres que más tiempo permanecen allí. Apenas ese día recibieron dos camiones de congelación industrial para ampliar el almacenamiento.
Esa morgue tiene capacidad para recibir, de forma simultánea, 20 cuerpos. Pero hasta el miércoles había, por lo menos, 120 cadáveres. El director nacional de Medicina Legal, Ariel Cortés, cuenta a este diario que de 250 cuerpos que han recibido por el terremoto en todo el país, ya han entregado 191. En Palmira, solo del sismo, hay 62 personas pendientes de entregar. “Allí ya entregamos 42, recibimos 105”, dice. Y explica que con los congeladores ahora la capacidad se ha ampliado, aunque de manera temporal, para almacenar unos 250 cadáveres.
Si se pudiera trazar una línea en esa cuadra, dividiría a las víctimas en dos. De un lado, un grupo reducido de familias que llegan en carros particulares, hacen llamadas, consultan a abogados o conocidos con algún contacto adentro, y en cuestión de horas logran que les entreguen a sus seres queridos. Se agrupan entre ellos, casi siempre lejos de las cámaras, y con frecuencia piden que la prensa no se acerque. Del otro lado, separadas apenas por unos metros, están las familias que llevan más tiempo a la espera. Las que no tienen a quién llamar, las que dependen de que alguien más grite su nombre en una lista, las que discuten y a veces se empujan cuando sienten que un cuerpo ajeno avanzó más rápido que el propio. El terremoto no distingue a quién derrumba, pero la fila frente a la morgue de Palmira deja ver que la tragedia, después, sí se reparte distinto.
“Aquí hasta pa’ morirse hay que tener plata”, dice entre el desespero Emilse Cortés. Lleva tres días esperando el cuerpo de su hermano, Carlos Andrés Cortés, otra de las víctimas fatales de la emergencia. Y cuenta, con resignación, que hay gente que llega más tarde, pero se va a enterrar a su ser querido más pronto. “Aquí hay cuerpos que han entrado hoy miércoles, y a las tres horas se los han entregado”, señala. Su espera cada minuto es más larga y dolorosa. El director, Cortés, dice que cada caso tiene complejidades distintas. “No es lo mismo un cuerpo que llega completo que uno que está desmembrado, pero intentamos entregarlos pasadas 24 horas”. También explica que a veces hay demoras por la identificación con la Registraduría, pero insiste en que cada caso es particular.
El protocolo, sin embargo, no es claro para nadie. Las familias de las víctimas denuncian que no se han respetado los tiempos de ingreso y dicen que no saben a qué se deben las demoras. El director general reconoce que hay fallas en el Instituto, y advierte que “no todo es perfecto”, pero niega que las influencias de funcionarios aceleren las entregas. “Ni las influencias del director general hacen que cambie el protocolo. Me lo piden muchas veces y uno sí recomienda el cuerpo, pero igual es por orden de llegada”, advierte.
Los vecinos de la zona han llevado a regalar desde comida y agua aromática, hasta sillas plegables para que la espera sea menos dolorosa. “Tengo mucho qué agradecerle a la gente de Palmira. Se han portado muy bien con nosotros”, dice Katherine mientras hace la fila para registrar, una vez más, el nombre de su hermana. “Hemos hecho esta fila por lo menos seis veces desde el lunes. Es impresentable”, comenta.
El cielo ya está oscuro y las familias han perdido la esperanza de que esa noche les entreguen a sus seres queridos. Hay tres empleados de una funeraria que aguardan junto a las familias con los coches fúnebres listos para el último adiós. Una familia del barrio ha llegado con una maleta repleta de empanadas para ofrecer comida a las víctimas. Emilse toma una, la envuelve en una servilleta y la guarda para después. Dice que no tiene hambre. El obispo de Palmira toma el micrófono para elevar una oración por las familias y las almas de las víctimas. “En estas circunstancias entendemos la fragilidad del ser humano”.
