El fenómeno en el que tus intentos por acercarte a alguien o convertirlo en tu aliado terminan generando rechazo y hostilidad. Se conoce comúnmente como la profecía autocumplida o, a nivel de estrategias, como el efecto búmeran o efecto rebote. Por ejemplo, intentar forzar a alguien a ser tu aliado mediante la presión, lo que suele despertar son sospechas y alejar a la otra persona. En la política internacional, este fenómeno se ejemplifica principalmente a través de la paradoja de la seguridad y el efecto búmeran. Estos conceptos explican cómo las acciones destinadas a buscar alianzas, sumisión o protección terminan creando rivales hostiles.
Durante este cuarto de siglo, la oposición venezolana contó con la solidaridad de muchos países en el mundo. Las muestras de apoyo vinieron tanto a nivel bilateral como multilateral. En su momento, las expresiones en las Naciones Unidas, la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos, entre otras, fueron esperanzadoras para un cambio hacia la democracia. Países vecinos y otros lejanos geográficamente tuvieron compromisos firmes en múltiples procesos de negociación que cada vez, con menor entusiasmo, mantenían la fe de los venezolanos en un cambio. Aún se mantiene el distanciamiento de muchos con el régimen chavista-madurista, a través de sanciones y bajos o inexistentes niveles de relacionamiento diplomático.
Sin embargo, a partir de la declaración sorpresiva de Donald Trump, dando su respaldo a un gobierno interino en enero de este año, el panorama empezó a cambiar drásticamente. El compromiso que esperábamos, después de la extracción de Maduro para el reconocimiento al triunfo electoral de Edmundo González, se ha desvanecido y la gesta de María Corina Machado ha quedado en lo discursivo de manera eventual, por parte del gobierno de los Estados Unidos, hasta ahora.
En Latinoamérica sucede la misma paradoja. Los cambios democráticos en algunos estados durante el año pasado, los cuales celebramos de manera entusiasta, no han producido hasta ahora más que silencio sobre la falta de democracia en nuestro país. El llamado silencio estratégico impera hoy en el continente bajo la influencia de la nueva doctrina norteamericana que pareciera imponer la extrema preocupación de no contrariar a Trump en su convencimiento de que en Venezuela la situación no podía estar mejor bajo la dirección de los hermanos Rodríguez.
Los firmes apoyos que le han expresado los países de la Unión Europea al tema del regreso de María Corina y una agenda electoral que permitan unas elecciones presidenciales libres y competitivas, paradójicamente no tienen el eco esperado en nuestra región.
Más aun, el recién creado grupo Escudo de las Américas, conformado por trece países democráticos bajo el liderazgo de los Estados Unidos, en vez de convertirse en una esperanza para el pueblo de Venezuela, que en su gran mayoría rechaza el régimen del interinato, pudiera hasta ser un obstáculo para evitar la “normalización” de Delcy Rodríguez en la presidencia.
Quizás el principal error de cálculo en las expectativas de la oposición ha sido asumir una postura idealista, al creer que las democracias extranjeras actúan motivadas principalmente por la defensa de los derechos humanos y la libertad global, frente al realismo político que gobierna la política exterior de los estados, principalmente el que exhibe Trump.
Debemos considerar la gravedad del asunto, ya que de la resolución de esta paradoja depende no solo el retorno a la democracia, al disfrute de las libertades, la protección a nuestros derechos humanos y el bienestar económico, sino también la recuperación de la soberanía y la autodeterminación del Estado, entregada por el chavismo a Cuba, China, Rusia e Irán y ahora de misma manera obsecuente a Donald Trump.
Importante en este contexto el reciente documento llamado Manifiesto de Panamá, producto de la reunión de la oposición venezolana en ese país, en el cual María Corina Machado y Edmundo González plantean una ruta de negociación política, reorganización interna y acompañamiento internacional, para lograr una transición democrática en Venezuela. Su contenido debe ser considerado por los gobiernos del continente.
El próximo mes, en la Asamblea General de la OEA en Panamá tendremos la oportunidad, durante el tratamiento de nuestro caso, ya contemplado en la agenda, de despejar las dudas que aún se mantienen sobre el futuro de nuestro país y los apoyos internacionales.
William Santana
