Nunca olvidaré ese sonido. Justo terminaba de hacer una caricatura en mi computadora y me disponía a levantarme de la silla; no recuerdo bien ni qué iba a hacer en ese momento. Eran las seis y algo de la tarde de aquel fatídico 24 de junio. Fue un sonido escandaloso que yo no había configurado en mi celular. Por un momento, una fracción de segundo, creí erróneamente que había puesto una alarma, pero al ver la pantalla supe que no era tal cosa: “Terremoto cerca de tu ubicación”, o algo así, se leía para mi sorpresa. Mi mente no procesaba, mi corazón se aceleró, me levanté y me dispuse a comentar con mi familia sobre aquel mensaje que no entendía. Fue entonces cuando me di cuenta de que todos los teléfonos en la casa estaban emitiendo el mismo sonido y tenían la misma alerta. Ninguno lo entendió hasta que sucedió.
Aquel ruido era la alerta de sismos de Android, un sistema gratuito de Google que utiliza los sensores de tu teléfono —el acelerómetro que detecta vibraciones— y una red global que analiza cada movimiento compatible con un temblor. Al procesar dicha información junto a la de miles de teléfonos a la vez, si la data coincide, el sistema confirma que está ocurriendo un movimiento telúrico y envía, unos segundos antes, una alerta automática a todos los dispositivos cercanos a la zona de impacto. Esto fue el preludio de aquel minuto o más de terror (no me da pena decirlo) y de incertidumbre, del ruido de los terremotos, de los movimientos violentos y prolongados que nos sacudieron. Por un instante, sí, lo confieso: creí que mi casa se iba a desplomar y que la última imagen que vería en esta vida sería a mi mamá orando en una mesa.
No me quiero victimizar ni escribo esto para dar lástima. Soy afortunado, bendecido por Dios por estar vivo para contar esto. Mi casa, al igual que casi ninguna cercana a mi sector en los Altos Mirandinos, con sus excepciones, sufrió el más mínimo daño. Solamente quiero narrar lo que viví por ese instante en el que me sentí resignado; por un momento, en aquellos segundos, entré en una tensa paz, asumiendo que la fatalidad era inevitable. Sin embargo, no fue así. Jamás espero vivir algo igual.
El resto de la historia ya todos la conocemos. Muchos no tuvieron mi oportunidad y eso me hace un nudo en la garganta. Entender que debemos seguir con nuestras vidas mientras que otros no pueden, al igual que tú si estás leyendo esto, me crea una sensación de culpabilidad. Pero entiendo que la vida continúa y solo nos queda aportar para que Venezuela se levante; para que de los escombros de mi amada La Guaira, Los Palos Grandes, San Bernardino y tantos otros lugares en donde el luto es casi general, la vida vuelva a triunfar. Con la ayuda de Dios, avanzaremos a otra etapa de prosperidad, siempre con esta tragedia en la memoria.
Fernando Pinilla / @fmpinilla
