Tierra de Gracia: El gen autoritario

Se pregunta uno si existirá un gen autoritario que fije no abandonar el poder una vez obtenido. En los Estados democráticos, advertidos tal vez, la ley fija ese período de permanencia. El mandatario que alcanza la máxima magistratura, incluso con el favor del voto, suele intentar permanecer allí sentado como si fuera una estatua inamovible

Sin pretender ser exhaustivo, pues una columna periodística no es una tesis doctoral, tenemos ejemplos de naciones actuales donde ese afán autoritario de permanecer gobernando se muestra muy evidentemente. Hay casos extremos con el nuevo Zar Putin o la monarquía comunista hereditaria en Corea del Norte. Y los tics venales del magnate Trump. Veamos tan solo dos que conocemos y nos toca más de cerca: España y Venezuela, que además se han intricando en oscuros negocios, ayudándose a seguir al mando.

Aquí, amparado por la ley, un presidente del gobierno puede seguir siéndolo ad infinitum, mientras obtenga mayoría de votos y la bendición del Congreso de Diputados, incluso si no alcanza ese mínimo, como hace el actual jefe del gobierno, Pedro Sánchez. Ha cumplido ocho años en el poder y proclama que seguirá en 2027 y más allá. No ha necesitado mayorías, sino apoyos parlamentarios entre los diversos grupos políticos, a izquierda y derecha, para ser investido. Al proclamar que seguirá, es que sigue contando con esos apoyos para ir cincelando su estatua perpetua.

A este Sánchez, insaciable con su régimen de poder progresista, le conviene que en esas próximas elecciones para 2027, le voten a raudales. Por eso, está nacionalizando a los nietos y bisnietos de los españoles que emigraron a Hispanoamérica. Calcula que unos dos millones de esos descendientes votarán por él. Un voto agradecido para quien le han dado el pasaporte español-europeo, aunque esos nietísimos no hayan pisado nunca España. Una maniobra de importar votos exprés.

En Venezuela, por estas casi tres décadas, se han sucedido tres mandatarios supremos: Hugo Chávez, que falleció en el trono; Nicolás Maduro, sucesor a dedo y, ahora, Delcy Rodríguez, ungida por el jefe de la Casa Blanca estadounidense. Pero ha habido elecciones en esos años, apunta un colega socialista. Sí, salvo la primera, que aupó al coronel Chávez, en comicios electorales limpio, las demás han sido fraudulentas. El resultado es el mismo. El régimen dictatorial se estableció para desmontar el Estado democrático primero y permanecer sin ceder el poder. Ejemplo dieron el 28/julio de 2024, al perder clamorosamente las elecciones y no entregar el gobierno al legítimo ganador.

Aferrados aquí y allí al poder, han maniobrado torciendo la ley para no entregar el bastón de mando. ¿Estará funcionando ese gen autoritario amigo del sillón máximo? Le dejamos a los científicos que lo investiguen. A vuelo de pájaro se observa un afán desmedido por no soltarlo. En las cuatro décadas largas de democracia en España no había aparecido esta ansía en un gobernante. Ese grito, dado sin rubor, de “Yo o el caos”, pero primero “Yo”, da evidencia de que el Estado democrático, como lo veníamos entendiendo, ha dado paso a un régimen personalista y autoritario que poco se parece al anterior.

Venezuela da ejemplo de ese cambio radical. Con el agravante de que, en la bautizada por el chavismo como República Bolivariana, esos líderes sucesivos han demostrado la mayor crueldad contra su pueblo y una ineficiencia en gobernar para el verdadero progreso de su país. Siguieron la marca del castrocomunismo caribeño como forma rápida y sostenida de acabar con la libertad y bienestar de su propia sociedad, estableciendo un régimen de corrupción en profundidad, apropiándose de los recursos naturales y armando la mayor red internacional de distribución de drogas.

Mientras aquí, Sánchez maniobra amarrado al sillón en su Moncloa, para seguir en 2027 y más allá; en Venezuela, Delcy, la interina ilegal, funciona como si hubiera ganado la lotería mundial de los votos; sus actos, viajes y artimañas se miran, impulsada por ese misterioso gen de la eternidad en el poder. Algo habrá que hacer para desarmar a ese peligroso gen en ambas orillas.

Carlos Pérez-Ariza

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