En el mercado municipal de Los Teques, el queso duro llanero —infaltable en la arepa mirandina— se vende a Bs. 1.300 por kilo. Para muchos, es un gasto más en la rutina alimentaria. Para los docentes venezolanos, representa un lujo que raya en lo imposible.
Según la tabla salarial vigente del Ministerio de Educación, un docente tipo I que trabaja 40 horas semanales gana apenas Bs. 329,85 al mes, lo que equivale a unos 6,12 dólares. Incluso en el escalafón más alto, un Docente VI con jornada extendida (53,33 horas semanales) recibe Bs. 600,89, es decir, 11,15 dólares. En contraste, la canasta básica familiar supera los 490 dólares mensuales.
Con esos ingresos, comprar un kilo de queso duro llanero —que cuesta Bs. 1.300— implicaría gastar entre dos y cuatro veces el salario mensual de un maestro.
Luisa Rodríguez, docente jubilada con 28 años de servicio, cuenta que dejó las aulas para vender empanadas en su casa.
“Me cansé de elegir entre pagar el pasaje o desayunar. Ahora vendo comida para poder comprar lo que antes era parte de mi rutina: el queso llanero” indicó.
Carlos Méndez, maestro activo en una escuela de El Paso, relata su estrategia:
“Compro medio kilo cada dos semanas, y lo raciono como si fuera oro. A veces lo cambio por clases particulares. El queso se volvió moneda de trueque.”
María Fernanda, docente de primaria en San Pedro, lo resume con crudeza: “Si quiero queso, tengo que dejar de comprar jabón o papel higiénico. Así de simple.”
Educación en crisis
La precariedad salarial ha provocado una fuga masiva de docentes. Según la Federación Venezolana de Maestros, más del 40% ha abandonado las aulas.
Muchos migran, otros se reinventan como emprendedores informales. La educación pública se sostiene con vocación, pero cada vez con menos manos.
#ElTequeño
