Unos niños juegan futbol en una cancha improvisada entre autos estacionados, mientras unas adolescentes prueban ponerse uñas de gel. Es un día normal en la rutina de las personas que viven en el albergue Vasco de Quiroga para migrantes, que se encuentra en el centro de la Ciudad de México, en la colonia Tepito, famosa por ser uno de los barrios populares más importantes del país.
Allí viven 340 personas que provienen de diferentes países, la mayoría son de origen venezolano, aunque hay peruanos, vietnamitas, indios o colombianos. Conviven personas que ahora ansían volver a su país con otras que se han decidido a quedarse en México. Casi ninguno tenía eso contemplado en sus planes iniciales: la mayoría llegó al país en su ruta para cruzar a Estados Unidos.
El primer año del mandato de Claudia Sheinbaum está tintado por el Gobierno de Donald Trump. Ella apenas llevaba un mes en el cargo cuando el republicano ganó las elecciones y una de sus promesas cruciales fue la expulsión masiva de migrantes. Esa población, que vive de manera regular o irregular en Estados Unidos, es de aproximadamente 53,3 millones. Los latinoamericanos representan el 52%, siendo mayoría los mexicanos con 11,4 millones.
Quedarse en México o irse a otro lugar
Hasta el mandato de Biden, la aplicación llamada CBP One permitía la atención de la gran mayoría de casos de migrantes y una solución habitual consistía en otorgarles un permiso temporal para entrar en territorio estadounidense mientras regularizaban su situación. Sin embargo, Trump no solo cerró la puerta a esos trámites y cortó en seco los sueños de miles de personas. Yormary Segovia es una de ellas. Cuando decidió migrar a Estados Unidos, vendió las pertenencias que tenía en la patria que la acogió, Colombia. Se fue con sus hijos, que entonces tenían 18, 16, 7 y 6 años, y con su esposo, Jonathan Campos. Ella ya había migrado desde Venezuela.
Cruzaron el tapón del Darién, por la llamada “ruta de la muerte”, y para el 1 de enero de 2025 se unieron a una caravana que iba a atravesar México. Cuando viajaban en un autobús de pasajeros, ya dentro de territorio mexicano, las autoridades migratorias los bajaron y los dejaron incomunidados, según su relato. Para cuando pudieron hablar con sus familiares, el mandato de Trump ya había empezado. Ahora prefieren volver a Venezuela y después intentar retornar a Colombia.
Su familia es una de las decenas que espera un vuelo de repatriación que ofrece su país. En el refugio, cada miércoles les llamaban para que, si los elegía su Gobierno, se montaran al avión de vuelta. Solo de la Casa de Asistencia del Gobierno de Ciudad de México Vasco de Quiroga han salido 280 personas, de acuerdo con Emmanuel Herrera, el coordinador del centro. El miércoles pasado se suspendieron estos viajes hasta nuevo aviso debido a los ataques estadounidenses a las embarcaciones venezolanas.
Greisly Ramírez, que también vive en el refugio, cuenta que desde el anuncio de Trump varias personas decidieron irse de las instalaciones, pues prefieren volver, incluso a pie.
María Espinoza, una ciudadana peruana que llegó al territorio mexicano con su esposo y su hijo de 17 años, lleva casi un año en el país. Cuando ingresó tenía el sueño de llegar a Los Ángeles. Hoy, ella y su familia contemplan quedarse durante un tiempo, pero insiste en que intentará cruzar en el futuro, “cuando las cosas estén mejor”.
En México, han iniciado el procedimiento de regularización en la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar). Le realizaron un estudio social, diversas preguntas y le prometieron un correo que llegaría “en unas semanas”. El trámite comenzó en abril y hasta ahora no tiene respuesta. Este procedimiento resulta primordial para ser considerada refugiada de manera oficial, y asi, después, acceder a una Tarjeta de Residente Permanente.
