El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, defendió este domingo el pacto por el que su país gozará del control mayoritario de una quinta parte de las reservas de petróleo de Venezuela. “Es un regalo de Venezuela al pueblo de Estados Unidos”, aseguró en su red social, para repetir su aseveración de que el plan cerrado con el gobierno interino en Caracas no costará un dólar al gigante norteamericano y solo le traerá beneficios. También ha prometido que “una de las cosas” que planea hacer con los 65.000 millones de barriles incluidos en el acuerdo será reponer las reservas estratégicas nacionales, actualmente en su nivel más bajo en cuatro décadas.
Poco a poco se van conociendo más detalles de un plan que ha generado intensas críticas en todo el arco político de Venezuela, desde el chavismo más recalcitrante a la oposición. El pacto negociado y aprobado en secreto que convertirá al Gobierno de Estados Unidos en el socio mayoritario de una nueva joint venture que tendrá los derechos para operar 17 campos de crudo en el lago de Maracaibo y la faja del Orinoco con una vigencia de 25 años prorrogables, según anunciaba el sábado la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.
Pero quedan aún muchos interrogantes en el aire sobre quiénes serán los participantes en esa operación público-privada y cuáles serán los detalles finales de los contratos. Sobre todo, si podrá finalmente ponerse en marcha; cómo se proyecta hacerlo, con cuánta transparencia y con qué hoja de ruta. Y qué impacto tendrá en la transición en Venezuela.
Algo sí parece claro: si se ejecuta como prevén los dos gobiernos, el descomunal acuerdo dejará atada la economía de Venezuela a Estados Unidos, y a Trump con Delcy Rodríguez. El republicano necesita en Caracas a alguien que vaya a aplicar diligentemente el plan de mantener acceso preferencial a petróleo barato. La dirigente chavista, sumamente impopular en su país, necesita respaldos y una mejora económica que le permitan mantenerse en el poder.
Intereses coincidentes
El economista venezolano Luis Vicente León coincide en que el pacto responde a intereses muy concretos de Washington y Caracas que, en este momento, coinciden. “Para Estados Unidos hay una ventaja de seguridad de reservas en un momento en que las suyas están en mínimos y el precio de la gasolina está muy elevado. El conflicto con Irán no se ha resuelto y puede extenderse bastante más de lo previsto”, explica. “Para el gobierno venezolano la necesidad de recursos es urgente y su margen de maniobra frente a Estados Unidos es bajo, porque la amenaza sigue siendo creíble”.
Al anunciar el acuerdo el viernes, cada uno por su lado, los dos presidentes se echaban flores mutuamente. Para Trump, su interlocutora —antigua número dos de Nicolás Maduro e impuesta por Estados Unidos en el cargo tras la operación militar que secuestró al presidente venezolano el 3 de enero para trasladarlo a Nueva York— es “enormemente respetada”. Rodríguez, la antigua enemiga de Washington convertida en colaboradora de la Administración trumpista, expresaba su “agradecimiento” al Gobierno estadounidense por su “disposición” para alcanzar el acuerdo.
Según ambas partes, el sector petrolero venezolano recibirá 100.000 millones de inversión. Caracas calcula que, a un precio en el mercado de 65 dólares (56 euros) por barril, recibirá unos 19 dólares por cada uno que venda, unas regalías de unos 209.000 millones de dólares en 25 años.
El entusiasmo de Trump al promocionar el acuerdo, que el viernes describía como uno de los mayores de la historia, viene a dar la razón a quienes denunciaban que la operación para derrocar a Maduro nunca tuvo como gran objetivo el facilitar una vuelta a la democracia. Ni siquiera se recuerda ya el argumento que esgrimió Washington durante meses mientras cercaba a Maduro, la lucha contra el narcotráfico del que acusaba al chavista de encabezar. Lo que importaba era el petróleo.
“El acuerdo perjudica aún más la imagen de Estados Unidos en América Latina. La intervención militar de enero podría haberse visto como un acto en defensa de la democracia contra un régimen brutal que tenía pocos amigos en la región. Ahora es difícil argumentar que Trump no estuvo motivado principalmente por el petróleo, fortaleciendo a los críticos de EE UU que sostienen que la política estadounidense hacia la región nunca ha estado motivada por valores, sino por intereses económicos”, opina Benjamin Gedan, director para América Latina del Stimson Center y antiguo responsable de América del Sur en el Consejo de Seguridad Nacional de Barack Obama.
Trump había venido dejando claro su interés en el crudo venezolano desde antes incluso de la captura de Maduro. Ya entonces había sugerido que consideraba la nacionalización del sector que ordenó Hugo Chávez en 2007 algo ilícito y una posible causa legal para justificar la acción militar estadounidense en el país sudamericano. Uno de sus primeros actos en la Casa Blanca tras aquella intervención reunió a los presidentes de las grandes petroleras para animarles a invertir.
Pero las grandes compañías del sector se han resistido hasta ahora, ante los riesgos que perciben en un país gobernado por una presidenta no elegida en las urnas y cuya industria requiere de una inversión gigantesca para recuperar los niveles de producción perdidos. Algo que precipitó la decisión de Trump de convertir al Gobierno estadounidense en el inversor en este insólito trato, en el que una oficina del Pentágono, la Oficina de Capital Estratégico, será la entidad encargada de la gestión.
Uno de los interrogantes es, precisamente, si las empresas petroleras se sumarán al acuerdo, vistos los varapalos que han recibido en Venezuela. Y que el pacto no solo no resuelve, sino que agrava, las dudas sobre el proceso de transición y unas elecciones que ya estaban relegadas al último paso de la tercera fase de prioridades. “Mi lectura es que esos contratos van a seguir protegidos con Trump o sin Trump. Podrán modificarse, pero difícilmente hacia peor para los inversionistas o para Washington”, mantiene León. “El acuerdo anunciado es una mala noticia para el rumbo político del país”, considera Gedan.
“No dudo de que [Marco] Rubio, [el secretario de Estado y que encabezó la negociación del plan petrolero desde el lado estadounidense] está comprometido con una transición democrática. De hecho, a pesar de la vergonzosa exclusión de la líder de la oposición María Corina Machado del proceso, ha logrado impulsar el inicio de negociaciones y un primer paso legislativo para recuperar la independencia del Tribunal Supremo de Justicia”, precisa el experto. “El reto es que a Trump no le interesa la democracia y, mientras perciba beneficios de su amistad con Delcy, no va a animarse a promover un proceso que, sin lugar a dudas, terminaría con la salida de ella del poder”.
Primera piedra de toque
En Estados Unidos, la primera piedra de toque del nuevo pacto está al caer. En noviembre se celebran elecciones de medio mandato, en las que Trump aspira a poner sobre la mesa gasolina barata para combatir los altos precios, la gran preocupación del electorado. Los sondeos plantean un escenario en el que los republicanos pueden perder el control de la Cámara de Representantes y, quizá incluso, del Senado, lo que limitaría mucho el margen de maniobra del presidente. Aunque el acuerdo no rebajará el coste del combustible de aquí a entonces —tardará mucho más en surtir ese tipo de efecto, si lo hace—, el mandatario quiere aprovechar el pacto para prometer que los buenos tiempos están a punto de llegar.
Con esas elecciones de mitad de mandato en el horizonte inmediato, el periodista y escritor venezolano Moisés Naím pide cautela y paciencia. Los resultados de noviembre serán decisivos para determinar el futuro de Trump y sus planes. “Las promesas de Trump son todas lanzamientos sensacionalistas, ambiciosos, provocadores y conflictivos que después se enfrentan a los tribunales, al Congreso y a la oposición. Así que si el acuerdo sigue el patrón de las otras grandes propuestas que ha hecho… esto no despega”, mantiene Naím. Para el escritor, las dudas sobre si puede haber elecciones y su credibilidad con la mano de Estados Unidos empujando cada decisión en Venezuela son razonables, pero insiste en esperar. “Los resultados de noviembre son mucho más importantes que la discusión del petróleo. Marcarán todo”.
“El tema electoral no es el objetivo inmediato en Venezuela”, señala Luis Vicente León. Si se mantiene la situación política actual, León considera previsible que Estados Unidos tampoco quiera que, cuando el cambio llegue, se produzca por una vía radical. “Pero la política es muy relancina y no es posible hacer una proyección lineal”, advierte. “Hay que tener en cuenta muchas variables. Entre ellas, el deseo de cambio de la población venezolana, la fuerza popular del liderazgo opositor y las presiones internas dentro de Estados Unidos”. El analista Benigno Alarcón confía en que Estados Unidos dejará que la elección transcurra y “que gane quien todo el mundo sabe que ganaría en este momento”, asegura al referirse a María Corina Machado.
El chavismo en el poder, mientras tanto, saca pecho del acuerdo. Una mejora en la economía es la mejor —si no la única— baza electoral con la que cuenta Delcy Rodríguez si quiere ser una candidata competitiva en unas eventuales elecciones en Venezuela. Todo su círculo de poder ha publicitado el acuerdo —incluso el hijo de Nicolás Maduro lo ha republicado en sus redes—, pero ninguno ha dado más claves fuera del escueto discurso oficial. Sí lo ha hecho Indira Urbaneja, una de las principales comunicadoras del chavismo, muy cercana a Diosdado Cabello, que este sábado advirtió: “Calma y cordura!!!! Todo va para mejor… Son nuevos tiempos políticos. Son nuevos tiempos económicos. Solo nos falta que esa riqueza se vea en el bolsillo de la gente… Entonces tendremos chavismo para 1.000 años”. Y, por si quedaba alguna duda, en otro tuit, anunció: “El chavismo ganará la próxima elección presidencial en dos años!!!”.
