No son fieros ni sangrientos. No tienen nada que ver con Hizbulá, las milicias hutíes ni con cualquier otra con la que compartan nombre. Tampoco suman ocho millones ahora ni cuatro millones antes del despliegue militar estadounidense en el Caribe, tal y como asegura Nicolás Maduro. Y ni mucho menos son «venezolanos admirados en el mundo por su espíritu patriótico en defensa de su soberanía», como repite la propaganda gubernamental después de que Donald Trump les hiciera famosos en su red social. «¡Una amenaza muy grave!», ironizó el presidente estadounidense el lunes junto a las imágenes de los supuestos ejercicios de combate de una mujer de gran sobrepeso.
Esa es la realidad, aunque le pese al presidente pueblo: los milicianos chavistas son unos pocos miles de civiles, mal uniformados y mucho peor armados, en su mayoría procedentes de consejos comunales o de sectores beneficiados por el poder bolivariano en las zonas populares del país. Además de participar en los órganos de control social de la población, al estilo de Cuba, la milicia también ha servido en los últimos años para engordar las famélicas concentraciones gubernamentales, codo con codo con grupos evangélicos cercanos al poder. Uno de los lugares emblemáticos de Caracas donde siempre se les puede encontrar es en el Cuartel de la Montaña, donde reposan los restos mortales de Hugo Chávez. También se les ha visto vigilando hospitales públicos.
Convertidos desde hace tiempo en carne de meme en redes sociales, la revolución pretende aparentar con constantes entrenamientos y presencia, siempre sin filtro para la algarabía de los más socarrones, que el pueblo más empobrecido del país, por culpa del imperio y del capitalismo, está a muerte con la revolución. Con ello, además, suman escudos humanos para el atornillamiento de Maduro en el Palacio de Miraflores cuando la presión política y social se ha disparado como nunca.
Pura fantasía de la propaganda, que también ha incorporado a la milicia a las historietas de Superbigote, el Maduro rejuvenecido y fortachón, que convertido en superhéroe lucha contra el fascismo.
«El terror del imperio será la milicia si se meten con Venezuela. Esas mujeres con esos fusiles serán su terror, imperio», clamó ayer el mandatario usurpador en referencia a las protagonistas del vídeo que ha dado la vuelta al mundo. Un vídeo que no es ninguna novedad, porque venía precedido de hombres de la tercera edad, muy veteranos y con uniformes de tallas muy anchas, y mujeres con un sobrepeso desmedido, muchas de ellas al frente de los comités comunales que manejan la distribución de alimentos de la famosas bolsas CLAP, la versión bolivariana de las libretas de racionamiento del castrismo. Las denuncias por corruptelas en ese esquema alimentario tienen años.
«La propaganda revolucionaria insiste en la ofensa y desprecio que se repite contra el pueblo, que está unido al líder supremo de la revolución. Lo venden como si se tratara de la capacidad moral superior y en los fines éticos del chavismo», explica a EL MUNDO el sociólogo Gianni Finco.
Desde que accediera al poder en 2013, Maduro ha intentado conseguir que la milicia se convirtiera en un contrapeso al generalato, cuyo poder hoy es desmedido en Venezuela. Pero no lo ha conseguido, misión imposible. El «hijo de Chávez» planeó incluso que los milicianos hicieran el servicio militar para que pasaran a formar parte de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). También buscó rellenar con ellos las centenares de deserciones producidas en la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), el cuerpo militar encargado de reprimir las protestas callejeras.
La hispanovenezolana Rocío San Miguel, presa política de Maduro desde hace año y medio, advirtió desde su atalaya al frente de Control Ciudadano por la Seguridad y la Fuerza Armada de los intentos presidenciales de sumar a los milicianos a la represión contra la oposición.
«El régimen los presenta como primera línea de combate frente al imperio para victimizarse y esconder su verdadera condición de criminales victimarios, mientras Maduro escribe cartas sumisas y aduladoras a Trump. Conviene recordar que muchos de esos hombres y mujeres mayores no están allí por convicción ni porque realmente quieran defender la revolución, sino por obligación y por la necesidad de una bolsa de comida extra», señala el politólogo Walter Molina Galdi.
La presencia de los milicianos en las televisiones públicas en condiciones tan humillantes es una de esas estrategias que los expertos atribuyen a la Inteligencia cubana. «Buscan proyectar al exterior dos escenarios: de guerra civil y de guerra de guerrillas. La primera requiere una sociedad dividida cuando en Venezuela la mayoría comparte el deseo de ver terminado la narcotizaría», desvela Molina.
Así lo contrasta el sondeo adelantado por el diario colombiano El Tiempo, en el que más del 64% de los venezolanos aseguran estar esperanzados con el actual escenario político. «La guerrilla tampoco es viable: las bases chavistas que quedan no saben actuar sin la cobertura y el financiamiento del Estado», sentencia el politólogo.
