Por qué Delcy Rodríguez fue la escogida de Donald Trump

Esta es la historia de cómo la vicepresidenta venezolana sobrevivió a Chávez y Maduro

A mediados de diciembre de 2025 el portaviones USS Gerald R. Ford, buque insignia de la mayor concentración naval estadounidense en el Caribe en décadas, acechaba las costas de Venezuela. María Corina Machado acababa de recibir el Premio Nobel de la Paz y vivía el punto más alto de su popularidad. Los venezolanos, y con ellos buena parte del mundo, daban por hecho el desenlace: Nicolás Maduro caería y la oposición que había ganado las elecciones de 2024 por fin gobernaría.

Acertaron en la mitad.

En la madrugada del 3 de enero de 2026 fuerzas estadounidenses sacaron a Maduro y a Cilia Flores de Caracas y los pusieron frente a un tribunal federal en Nueva York. Ese mismo día, con el país en vilo, Donald Trump dijo dos cosas que nadie había anticipado. Que Machado no tenía el apoyo ni el respeto suficientes dentro de Venezuela para gobernar y que estaba dispuesto a trabajar con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta del hombre que acababa de capturar.

El giro no tardó seis meses, tardó horas.

Seis meses después, lo que parecía un arreglo de emergencia que se mediría en horas o en pocos días, era en realidad una alianza. Trump elogiaba públicamente a Rodríguez, Washington había aliviado sanciones, restablecido relaciones diplomáticas y puesto el petróleo venezolano en el centro de su estrategia hemisférica. Machado, la mujer del Nobel, seguía fuera del país y cada vez más lejos del entorno del presidente estadounidense. Ni el analista más avezado lo habría escrito así en diciembre. Parece el guion de una serie, No lo es y para entender cómo llegamos aquí hay que remontarse veinticuatro años.

Una mujer que no sabía adular

Delcy Rodríguez entró al gobierno después del golpe de abril de 2002. Estaba en Londres y, junto a su madre, ocupó simbólicamente la embajada venezolana para denunciar el derrocamiento de Chávez. A su regreso, el canciller Roy Chaderton la incorporó al Ministerio de Relaciones Exteriores y desde ahí llegó rápido al despacho del propio Chávez. Su hermano Jorge, ya un cuadro de peso en el chavismo, sería su sombra política durante los años siguientes.

En febrero de 2006, Chávez la nombró ministra del Despacho de la Presidencia. Era el corazón administrativo del poder. Duró menos de seis meses.

La versión más difundida de su caída la cuenta la periodista Ibéyise Pacheco: durante una gira a Rusia y Bielorrusia, Rodríguez se enfrentó con Chávez dentro del avión presidencial, fue apartada de la comitiva y regresó a Venezuela en otra aeronave. Los decretos oficiales confirman lo esencial sin explicarlo: en agosto de 2006 fue sustituida por Adán Chávez. Lo que sí retratan todos los perfiles de la época es a una funcionaria directa, pragmática, poco dada a la reverencia, en una corte donde la adulación era la moneda de curso legal y Nicolás Maduro era su practicante más disciplinado.

Chávez no la destruyó, pero la enterró. En 2007 la puso a coordinar la Vicepresidencia que encabezaba su hermano Jorge, un cargo de trámite para quien había estado a metros del despacho presidencial. Ahí se quedó, fuera del primer plano, durante seis años. Cualquier otro habría salido del sistema o se habría convertido en un resentido. Ella hizo algo distinto: aprendió cómo funcionaba el Estado desde adentro y esperó.

La segunda oportunidad

Chávez murió en marzo de 2013. Maduro, unido a los hermanos Rodríguez por décadas de militancia en la izquierda venezolana y consciente de lo que ella valía, la devolvió al alto gobierno. Lo que vino después no tiene comparación en la historia reciente del país:

Ministra de Comunicación e Información, 2013 a 2014. Canciller, 2014 a 2017. Encargada de los asuntos internacionales de Pdvsa en ese mismo período. Presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, 2017 a 2018. Vicepresidenta ejecutiva desde junio de 2018. Ministra de Economía y Finanzas, después también de Comercio Exterior, entre 2020 y 2024. Representante del Ejecutivo en el directorio del Banco Central. Ministra de Petróleo, luego de Hidrocarburos, desde agosto de 2024 hasta marzo de 2026.

Nadie en el chavismo acumuló ese mapa del poder. Diplomacia, finanzas, banco central, petróleo, la relación con los empresarios y la supervisión de áreas sensibles de seguridad e inteligencia. Cuando alguien en Washington se preguntó, la mañana del 3 de enero, quién sabía dónde estaban los botones del Estado venezolano, había una sola respuesta.

El bloqueo y la escuela de la supervivencia

Fueron los años más duros de la Venezuela moderna. Las sanciones de 2019 contra Pdvsa cortaron la principal fuente de ingresos del país. Un informe de la propia Oficina de Rendición de Cuentas del gobierno estadounidense reconoció después que esas medidas probablemente aceleraron la contracción económica. La producción petrolera cayó por debajo de medio millón de barriles diarios en 2020. La hiperinflación devoró el bolívar. Millones de venezolanos se fueron.

Fue en ese contexto donde la capacidad de Rodríguez volvió a salir a la superficie. Toleró la dolarización de facto, desmontó controles de precios y de importación, restringió el crédito y el gasto público y reconstruyó puentes con un empresariado al que el chavismo había tratado como enemigo durante veinte años. Abrió rutas comerciales a través de Turquía, Irán y Asia. Usó compañías privadas para que el petróleo y los minerales siguieran saliendo sin exponer directamente al Estado. La ley antibloqueo le dio al Ejecutivo el margen para negociar en silencio.

Fue un ajuste austero, desigual y opaco, y los trabajadores públicos lo pagaron con salarios congelados, pero funcionó en lo que tenía que funcionar. La producción petrolera volvió a rondar 1,1 millones de barriles diarios en 2025. La economía creció, mucho según el Banco Central, menos según los economistas independientes, pero creció desde una base devastada. Venezuela no solo resistió el bloqueo diseñado para asfixiarla. Repuntó bajo él.

Rodríguez demostró algo que ningún otro dirigente venezolano podía exhibir: sabía aplicar medidas de mercado sin que la coalición chavista se le rompiera en las manos. Ese es exactamente el perfil que Washington necesitaba para lo que venía.

El canal que ya existía

Cuando los helicópteros llegaron a Caracas, la opción Delcy no era una improvisación.

The Guardian reveló que desde el otoño de 2025 Delcy y Jorge Rodríguez habían hecho llegar a Washington, a través de intermediarios estadounidenses y cataríes, un mensaje claro: cooperarían si Maduro dejaba el poder, aunque no moverían un dedo para derrocarlo. Para diciembre, según ese reporte, Delcy transmitía que Maduro debía irse y que ella estaba preparada para administrar lo que viniera después. Caracas negó la versión. La Casa Blanca no la desmintió.

Una evaluación clasificada de la CIA, conocida después por Reuters y The Wall Street Journal, llegó a la misma conclusión por otra vía: los altos funcionarios del gobierno de Maduro y Rodríguez, en particular, eran quienes podían preservar la estabilidad inmediata. Machado, decía el informe, carecía de vínculos operativos con las fuerzas de seguridad y con el sector petrolero.

El Tribunal Supremo la juramentó como presidenta encargada por ser la vicepresidenta. Los militares reconocieron la sucesión. Jorge conservó la Asamblea Nacional. Diosdado Cabello mantuvo su influencia sobre policía, inteligencia y colectivos. Delcy no controlaba sola cada centro de poder, pero era la única que podía sentarse con todos ellos y, al mismo tiempo, hablar con Marco Rubio. La secuencia que el secretario de Estado dibujó fue reveladora: primero estabilidad, después recuperación, al final transición. El petróleo atravesaba las tres.

La fuerza de las cosas frente al mesianismo

Machado tenía lo que Delcy nunca tuvo: un pueblo detrás. Las actas de 2024 mostraron una victoria amplia de la candidatura que ella construyó. Las encuestas posteriores a la intervención la seguían situando muy por encima: 44 por ciento de intención espontánea de voto frente a 8,5 por ciento para la presidenta encargada, según un estudio citado por El País en mayo.

Sin embargo, Trump la marginó. La recibió en la Casa Blanca, aceptó de sus manos la medalla del Nobel, habló de alguna función futura. Pero nunca se retractó de lo que había dicho el 3 de enero: que Machado no tenía dentro de Venezuela el respaldo necesario para gobernar. La relación se fue enfriando hasta el punto de quiebre: los terremotos de junio. Machado estaba fuera del país, pidió ayuda internacional, intentó volver, su movimiento organizó voluntarios, pero no estuvo en el territorio cuando el territorio se partió. Delcy sí. Encabezaba el Ejecutivo, tenía los ministerios, el presupuesto, las estructuras de seguridad y los teléfonos de las cancillerías. En Washington la frustración con la líder opositora se volvió pública cuando pidió garantías estadounidenses para regresar.

Aquí está la lección que Venezuela lleva un cuarto de siglo aprendiendo a golpes. Chávez convirtió al Estado en una prolongación de su persona. Guaidó recibió el reconocimiento de medio mundo y no pudo cobrar una sola factura de poder real. Leopoldo López y luego Machado encarnaron la promesa de la ruptura total, la épica del líder que llega a redimir. El país ha pasado tantas veces de la esperanza mesiánica a la decepción que ya no distingue una de la otra. Puede debatirse si Machado actuó por cálculo o por convicción, pero es difícil no leer en su insistencia por ocupar el centro del escenario, incluso desde lejos, el mismo patrón que agotó a los venezolanos con los anteriores.

Delcy Rodríguez es lo opuesto a ese molde. Bajo perfil, cero épica, ninguna promesa de redención. Solo la capacidad, demostrada durante veinte años y en las peores condiciones imaginables, de adaptarse, resistir y ejecutar.

Lo que ya demostró

Nada de esto borra su pasado. Rodríguez no fue una tecnócrata ajena al autoritarismo venezolano. Presidió el órgano que anuló a la Asamblea Nacional electa y estuvo sancionada por Estados Unidos y la Unión Europea. Quien quiera juzgarla tiene razones suficientes y este artículo no pretende negarlo, pero la pregunta que Venezuela tiene delante no es si Delcy Rodríguez fue parte del sistema. Es si puede gobernar el país y a esa pregunta los hechos ya respondieron.

Sobrevivió a la humillación de Chávez sin romper con el poder. Manejó la cancillería, las finanzas, el Banco Central y el petróleo en el peor momento económico de la historia republicana. Levantó la producción petrolera de menos de medio millón de barriles a más de un millón bajo un bloqueo diseñado para impedirlo. Abrió rutas comerciales donde no las había. Cuando Maduro cayó, mantuvo unidas a unas Fuerzas Armadas que todos daban por fracturadas, ayudó a evitar la guerra civil que Washington temía y se sentó a negociar con el gobierno que acababa de capturar a su jefe, y cuando la tierra venezolana se partió con los terremotos de junio, el Estado venezolano siguió en pie.

Ninguno de sus adversarios puede exhibir una hoja de servicios comparable. Machado tiene los votos y la razón moral. Rodríguez tiene el Estado funcionando en la mano. En cualquier país del mundo, eso se llama capacidad de gobierno.

El país que puede ser

Venezuela está agotada de mesías. Chávez, Capriles, Guaidó, Maduro, López, Machado: cada uno prometió la redención y cada uno dejó al país esperando. Rodríguez no promete nada, ejecuta y en un país donde todo está por hacerse, eso vale más que cualquier discurso.

La inflación sigue alta, el aparato represivo no ha sido desmontado, las excarcelaciones fueron menos de las prometidas y falta un calendario electoral. Todo eso es cierto, pero también lo es que volvieron los organismos financieros, se aprobó una amnistía, salieron centenares de presos y llegaron Chevron, Eni, GeoPark, ONGC y GE Vernova con miles de millones de dólares en compromisos. Por primera vez en una generación hay algo sobre lo que construir y hay alguien que ha demostrado saber construirlo.

Lo que le falta a Delcy Rodríguez no es capacidad, es legitimidad y la única forma de conseguirla es la misma que le exigen sus críticos: contratos petroleros públicos, justicia independiente, todos los presos en la calle, prensa libre, el regreso de los exiliados y una fecha de elecciones que nadie pueda mover. Si convoca esas elecciones y las gana, habrá cerrado la distancia entre la mujer que escogió Trump y la mujer que escojan los venezolanos.

Tiene el temple, tiene la inteligencia y tiene el país en las manos. Lo demostró con hechos, no con promesas. Ahora le toca demostrar que también puede devolverle al pueblo la palabra que el chavismo le quitó. Si lo hace, Venezuela habrá encontrado a su primera presidenta sin necesidad de un nuevo mesías y eso sería los mejor que le podría suceder a Venezuela en los últimos cien años.

Iván Lozada

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