Las guerras modernas ya no se libran únicamente con misiles. Se libran, sobre todo, con expectativas. Y en ese terreno, el reciente conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto una grieta que algunos países —los más pragmáticos, no necesariamente los más virtuosos— intentan convertir en oportunidad.
Un reportaje de la BBC describe una escalada que combina ataques directos a instalaciones estratégicas iraníes, amenazas de cierre del estrecho de Ormuz y una creciente volatilidad energética global. No se trata de un episodio aislado, sino de un punto de inflexión: la posibilidad real de que una guerra regional altere de forma sostenida el flujo de petróleo y gas en el mundo.
Irán, acorralado militar y económicamente, ha respondido con la lógica previsible de los regímenes que no pueden ganar una guerra convencional: elevar el costo global del conflicto. La amenaza de interrumpir el tránsito por el estrecho de Ormuz —por donde pasa una parte significativa del petróleo mundial— no es una bravata retórica, sino un instrumento de presión geopolítica. En términos simples: si Irán no puede vender su petróleo, intentará que nadie lo haga con normalidad.
Y es allí donde el mapa energético mundial comienza a reconfigurarse con una rapidez que contrasta con la lentitud de la diplomacia.
Cuando el suministro se vuelve incierto, el mercado no espera. Busca sustitutos. Y los encuentra.
En ese tablero, Venezuela aparece —otra vez— como una anomalía con potencial. Un país devastado institucionalmente, pero con las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Una paradoja que durante años fue irrelevante por razones políticas, pero que hoy comienza a adquirir un nuevo valor estratégico.
El conflicto en Medio Oriente ha obligado a Washington a reconsiderar prioridades. No por altruismo ni por un súbito interés en la democracia venezolana, sino por una lógica más elemental: asegurar fuentes alternativas de energía en un contexto de riesgo global.
La BBC sugiere que el impacto del conflicto ya se refleja en los precios y en la ansiedad de los mercados. Y cuando los precios suben, también lo hace la tolerancia política hacia actores incómodos. La historia está llena de ejemplos. Arabia Saudita no se convirtió en socio estratégico de Occidente por su sistema político precisamente.
Venezuela, en ese sentido, podría convertirse en una pieza útil. No indispensable —ese es un error frecuente en la narrativa local— pero sí conveniente.
¿Qué podría ganar Venezuela en este escenario?
En primer lugar, un alivio parcial de sanciones. No como concesión ideológica, sino como transacción. Más producción a cambio de mayor acceso a mercados y financiamiento. Una ecuación que el chavismo ha sabido explotar en el pasado y que ahora intenta reeditar bajo nuevas circunstancias.
En segundo lugar, inversión. No la inversión romántica de reconstrucción nacional, sino la inversión pragmática del capital que busca rentabilidad en contextos de riesgo. Petróleo barato de extraer (en términos relativos), infraestructura deteriorada pero recuperable, y una élite gobernante dispuesta a negociar bajo presión.
En tercer lugar, reconocimiento. No legitimidad —eso es otra cosa— sino reconocimiento operativo. La diferencia es sutil pero crucial. Se puede negociar con un gobierno sin necesariamente validarlo políticamente. De hecho, es lo habitual en la política internacional.
Pero conviene no caer en entusiasmos ingenuos. Venezuela no es Arabia Saudita ni lo será en el corto plazo. Su industria petrolera está profundamente dañada, su capacidad de producción limitada y su entorno institucional sigue siendo, por decirlo con elegancia, inhóspito.
Además, el chavismo enfrenta su propia lógica interna, donde el control político pesa más que cualquier racionalidad económica. Como ya se ha visto en otros contextos, el régimen prefiere administrar la escasez con poder antes que la abundancia con riesgo.
Y sin embargo, la oportunidad existe. No como redención, sino como respiro.
En este país acostumbrado a desperdiciar bonanzas, la pregunta no es si el mundo necesitará el petróleo venezolano. La historia reciente sugiere que, tarde o temprano, lo necesitará.
La pregunta real es otra: si Venezuela será capaz de aprovechar esa necesidad o si, fiel a su tradición, volverá a convertir una ventaja estratégica en una ocasión perdida.
Porque incluso en medio de una guerra lejana, lo que está en juego —como siempre— no es el petróleo.
Es el poder.- @humbertotweets
